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Viernes, 16 de octubre de 2026
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The Good Place: cuando la pregunta por cómo vivir empieza después de la muerte

La serie de Michael Schur recorre cuatro temporadas y 53 episodios para convertir dilemas filosóficos en chistes, dilemas morales en trama y a un grupo de muertos torpes en la mejor excusa para repensar cada decisión que tomamos en vida.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 25 d
The Good Place: cuando la pregunta por cómo vivir empieza después de la muerte

Hay una imagen que se me queda grabada cada vez que vuelvo a pensar en The Good Place: la de un barrio idílico, con frentes de casas coloridas y un vecino eternamente sonriente vestido como vendedor de autos usados, ofreciéndole margaritas frozen a cuatro almas que no entienden muy bien por qué terminaron ahí. Esa postal, que parece salida de un aviso de comunidades cerradas, es la puerta de entrada a una de las comedias más Inteligentes que dio la televisión en los últimos años, y también la más tramposa: empieza como un pasatiempo y termina siendo una clase de ética aplicada, con utilitarismo, Kant y consecuencialismo entrando por la ventana junto a un tipo que recién se entera de que está muerto.

Michael Schur, el cerebro detrás de la serie, ya había demostrado su timing para la comedia y su debilidad por los seres humanos torpes en Parks and Recreation y en Brooklyn Nine-Nine. Con The Good Place dio un paso más largo: convirtió la-afterlife en un laboratorio moral donde cada decisión cuenta, y donde la risa no es un adorno sino una herramienta para meter ideas densas sin que el espectador se asuste.

Un elenco que sostiene el acertijo

Lo que hace funcionar el motor es el elenco. Ted Danson se luce como Michael, el arquitecto del vecindario, con una amabilidad sospechosa que recién se revela en su verdadero alcance cuando la trama empieza a girar. William Jackson Harper compone a Chidi, el profesor de filosofía que literalmente se come las uñas pensando si conviene ayudar a un vecino con una mudanza, y ese nivel de ansiedad existencial es el que vuelve entrañable a alguien que podría ser insoportable. Jameela Jamil se pone en la piel de Tahani, la perfecta a primera vista y devastada por dentro, y Manny Jacinto, como Jason, es el recordatorio andante de que no hace falta leer a Aristóteles para tener la sabiduría de un golden retriever. Todos orbitan alrededor de Eleanor Shellstrop, interpretada por Kristen Bell: una mujer que llega al lugar reservado para las buenas personas y sabe, mientras abraza al vecino y le devuelve el saludo al cartero, que ella no tiene nada que hacer ahí.

Esa pequeña gran mentira es la mecha. Eleanor no es una santa ni quiere serlo: es egoísta, deslenguada y acostumbrada a zafar. Saber que fue un error de sistema, y que tarde o temprano la van a descubrir, le pone una cuenta regresiva emocional a cada escena y abre el espacio para que la pregunta por cómo vivir se cuele entre los chistes. ¿Puede alguien que siempre actuó mal modificar su manera de ser? ¿Alcanza con intentarlo o hace falta algo más? ¿Cuánto pesa una decisión aislada y cuánto pesan las consecuencias acumuladas de toda una vida?

Filosofía con mayúsculas y criaturas fantásticas

A lo largo de cuatro temporadas y 53 episodios, la serie se da el gusto de cruzar a Kant con un demonio con traje de oficina, de discutir el utilitarismo mientras cae una bola de fuego del cielo y de meter dilemas sobre la mentira piadosa en el medio de una persecución por un supermercado que parece de otro planeta. Ese cruce entre la ética deontológica y el disparate más puro es lo que vuelve a The Good Place una rareza: se puede disfrutar como sitcom boba y al mismo tiempo funciona como excusa para discutir si lo que hicimos define lo que somos, o si hay margen para cambiar. La serie, además, tiene un cierre. No se estira ni se desbarranca: cierra el recorrido de sus protagonistas y deja flotando otras preguntas, las del tiempo compartido, las de la pérdida y las del lugar que ocupan quienes nos acompañan en cada tramo del camino.

Si nunca la viste, es buen momento para engancharte. Y si ya la viste, te tiro la pregunta que dejó flotando el material: ¿qué dilema de la serie te gustaría debatir? El mío, el que más me hizo pensar, fue el de Eleanor en la última temporada, cuando tiene que decidir si dice la verdad o protege a alguien que quiere. Pero cada uno tendrá el suyo, y eso es justamente lo que vuelve a The Good Place una comedia que no se contenta con hacer reír: quiere dejar pensando.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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