La mesa repetida: cuando el intestino pide más variedad y menos costumbre
Gases, hinchazón y cambios que se cronifican no son normales. Fibra, fermentados, movimiento y consulta a tiempo: lo que dicen tres especialistas para cuidar la microbiota sin reemplazar al médico.
Es una mañana cualquiera en el microcentro porteño y el sol cae oblicuo sobre las veredas mientras una colega, María, del barrio de San Telmo, me cuenta entre mates que hace años convive con la panza hinchada y los gases de la tarde; lo dice como quien comenta el clima, pero también como quien admite que ya se acostumbró a vivir mal, y eso es lo que más me preocupa, porque la costumbre suele ser el disfraz que le ponemos al alerta.
Porque, claro, convivir con gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las evacuaciones no debería volverse una costumbre, y la especialista en nutrición clínica Marcie Vaske lo advierte sin rodeos: cuando esas molestias se prolongan en el tiempo, lo que corresponde es una evaluación profesional, porque por detrás pueden esconderse intolerancias, enfermedades digestivas o alteraciones de la microbiota que ninguna recomendación genérica, por bien intencionada que sea, está en condiciones de resolver por sí sola.
La variedad en el plato como punto de partida
Para el cuidado cotidiano, una de las claves más concretas está en algo tan accesible como la variedad de lo que se come, dado que la fibra alimenta a buena parte de los microorganismos intestinales y se encuentra en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, mientras que la Organización Mundial de la Salud (OMS) aconseja incluir estos grupos de alimentos y alcanzar un consumo diario de, como mínimo, 400 gramos de frutas y verduras.
Esa diversidad puede reducirse, y de hecho se reduce, cuando se repiten pocas comidas y predominan los ultraprocesados, y la dietista Jenna Volpe advierte que sostener ese patrón en el tiempo puede modificar la microbiota y favorecer procesos inflamatorios; ahora bien, los alimentos fermentados, tan de moda en las redes, pueden formar parte de una dieta variada, pero incorporarlos no sustituye ni reemplaza una consulta profesional si las molestias vuelven a aparecer.
Antibióticos, estrés y movimiento: los otros factores
El intestino alberga bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que intervienen en la digestión, las defensas y la obtención de energía a partir de los alimentos, y su composición cambia con el tiempo, ya que el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos identifica a la alimentación y a los medicamentos entre los factores que pueden modificarla, y por eso importa también cómo se usan los antibióticos, que son necesarios frente a infecciones bacterianas cuando están indicados, aunque su utilización innecesaria puede afectar a microorganismos beneficiosos, de modo que la recomendación sanitaria es clara: tomarlos con prescripción médica y completar el tratamiento indicado, ni más ni menos.
El funcionamiento digestivo también puede verse alterado por el estrés, y la gastroenteróloga Asma Khapra lo explica con una imagen muy concreta: el estrés puede modificar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal, lo que se traduce en síntomas que aparecen justo cuando la cabeza tampoco está tranquila, y a este cuadro se suma el movimiento corporal como un hábito de cuidado que integra todo lo demás, ya que para adultos la OMS recomienda entre 150 y 300 minutos por semana de actividad física.
- Incorporar fibra de manera variada: frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales.
- Consumir al menos 400 gramos diarios de frutas y verduras, según la OMS.
- Usar antibióticos solo con prescripción médica y completar el tratamiento indicado.
- Sumar alimentos fermentados como parte de una dieta diversa, sin reemplazar la consulta profesional.
- Reservar entre 150 y 300 minutos semanales para movimiento corporal.
Vuelvo a María, que sigue tomando mate en su mesa de San Telmo, y le digo lo que me parece importante decirle: que la panza hinchada no es un destino ni un regalo de la edad, sino una señal que vale la pena escuchar a tiempo, porque ajustar la dieta, mover el cuerpo, cuidar el uso de medicamentos y consultar al especialista son cuatro pasos que van de la mano y que, bien combinados, pueden devolverle a la rutina diaria algo tan simple como estar uno en su propio cuerpo sin que el intestino sea un problema de todos los días.
