Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

La herencia silenciosa: cuando las expectativas de los padres se vuelven una mochila para los hijos

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo los mandatos familiares, transmitidos incluso con cariño, pueden instalarse como reproches permanentes en la vida adulta. Una invitación a revisar qué se siente como propio y qué llegó de afuera.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 10 d
La herencia silenciosa: cuando las expectativas de los padres se vuelven una mochila para los hijos

Hay frases que no se dicen con un grito. A veces alcanza con una mirada cruzada en la mesa de los domingos, con un silencio que dura un par de segundos de más, con un "qué bueno que vos pudiste estudiar lo que quisiste" que suena a elogio pero deja flotando una pregunta incómoda. Esas son, para la psicóloga Cynthia Wila, las formas más habituales en que las expectativas familiares se clavan en los hijos: sin necesidad de palabras hirientes, casi como quien no quiere la cosa, terminan instalando una exigencia que pesa durante décadas.

Wila, autora del ensayo La culpa (Paidós), se propuso revisar de dónde viene ese reproche interno que muchas personas cargan sin poder identificar su origen. Su planteo, que recorre vínculos familiares, mandatos culturales y herencias religiosas, parte de una distinción central: no es lo mismo hacerse cargo de los propios actos que sostener un cuestionamiento permanente sobre quién se es. La diferencia parece sutil, pero cambia la vida entera de quien la entiende.

Los sueños que los padres no pudieron cumplir

La psicóloga, que atiende en su consultorio de Palermo, señala que las aspiraciones que madres y padres depositan en los hijos suelen incluir proyectos que ellos mismos no lograron concretar. Cuando esas metas pendientes se trasladan a las nuevas generaciones, aparece una demanda imposible de satisfacer: terminar lo que otro no pudo, ser lo que otro no fue. Y ese intento, claro, está condenado a no alcanzar nunca.

“Un pedido expresado con cariño puede dejar igualmente abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Esa búsqueda, en muchos casos, termina provocando angustia y culpa.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de La culpa (Paidós)

Lo que la especialista busca desmontar es la confusión entre dos tipos de normas. Por un lado están las que ayudan a convivir, las que ponen límites a la agresividad y permiten que la vida en sociedad funcione. Por el otro, los mandatos que restringen las elecciones personales: estudiar tal carrera, casarse a tal edad, vivir en tal lugar, tener cierta forma de cuerpo, ciertas ideas, ciertos amigos. Esas exigencias, explica, quedan muchas veces asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten. Y así, las decisiones de un hijo o una hija quedan condicionadas por un temor que raramente se nombra en voz alta.

La voz que sigue sonando cuando ya nadie la pronuncia

Lo más difícil de estos mandatos, según Wila, es que no desaparecen cuando se crece. Las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios, y entonces la exigencia sigue intacta aunque ya no haya nadie afuera formulándola. Es como tener a un crítico interno instalado en la nuca, repitiendo lo que alguna vez dijo una madre, un padre, una abuela, un tío. La especialista insiste en que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona, y por eso prefiere hablar de recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas.

Frente a ese mecanismo, la propuesta de Wila es bastante concreta: detenerse a pensar qué está pasando, examinar la responsabilidad real por los propios actos y revisar de qué se acusa cada uno. No se trata, aclara, de dejar de hacerse cargo de nada, sino de distinguir entre lo que efectivamente depende de uno y lo que se siente como propio pero llegó de afuera, envuelto en amor y en expectativa. Porque a veces la mochila más pesada no es la que nos imponen con un grito, sino la que nos colocan con la mejor de las sonrisas.

TG

Te puede interesar