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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Jack Nicholson, el fantasma de un Gatsby que nunca fue y una decisión que todavía lo desvela

A los 89 y retirado desde 2011, el actor sigue cargando con la espina de haber rechazado al personaje de F. Scott Fitzgerald que finalmente quedó en manos de Robert Redford.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 4 d
Jack Nicholson, el fantasma de un Gatsby que nunca fue y una decisión que todavía lo desvela

Imaginate la sala de un productor en Los Angeles a mediados de los años setenta, con un guion bajo el brazo y la certeza de que el papel de Jay Gatsby estaba reservado para una sola cara. Años después, Jack Nicholson todavía se sienta a revisar esa misma página en blanco que él mismo eligió dejar vacía, y se lamenta por lo que pudo ser y no fue.

Porque la historia del cine es, también, la historia de los papeles que se escapan. Y hay uno que a Nicholson se le escurrió entre los dedos cuando todavía era un joven que recién empezaba a transformarse en leyenda: el Jay Gatsby de la adaptación de El gran Gatsby que F. Scott Fitzgerald jamás llegó a ver en pantalla.

Un personaje que lo persiguió desde los 18

Nicholson contó en más de una entrevista que desde los 18 años le repetían que él era la indicada para interpretar a Gatsby. No la cara del dandi misterioso que imaginaba Fitzgerald, sino algo más terrenal, más cercano al pulso de un hombre que se reinventa a sí mismo en una fiesta que nunca termina. A esa altura el actor todavía tenía por delante buena parte de la filmografía que lo volvería inmenso: Chinatown, Alguien voló sobre el nido del cuco, El resplandor, Tómala suave.

Sin embargo, cuando finalmente le ofrecieron el personaje en la adaptación que Jack Clayton terminó estrenando en 1974, dijo que no. Y lo hizo por motivos personales que eligió no ventilar en público. En sus propias declaraciones, definió aquella decisión como el único papel verdaderamente excepcional que rechazó, y agregó con una honestidad que todavía hoy se siente cruda: lo lamenté toda mi vida.

El camino sinuoso hasta Robert Redford

  • El primer convocado fue Warren Beatty, que también bajó la cortina del proyecto.
  • Luego llegó el turno de Nicholson, que tenía reparos respecto de trabajar junto a Ali MacGraw, por entonces esposa del productor Robert Evans.
  • Con el vínculo trabado, la búsqueda continuó: se evaluó seriamente a Marlon Brando antes de confirmar a Redford.
  • Finalmente el papel de Daisy recayó en Mia Farrow, después de que Evans y MacGraw se divorciaran.

El resultado fue un filme de 1974 que hoy se mira con ojos de curiosidad histórica más que de devoción, y una de esas paradojas que de tanto en tanto nos regala Hollywood: el año en que Nicholson dejó pasar a Gatsby fue, también, el año en que firmó su obra maestra inmediata, Chinatown, de Roman Polanski, que le valió una nueva nominación al Oscar, aunque la estatuilla terminó en manos de Art Carney por Harry y tonto.

Una pregunta que queda flotando en el aire

¿Hubiera cambiado algo en la historia del cine si Nicholson hubiese dicho que sí al Gatsby de Clayton? Es la pregunta que sobrevuela cada vez que se vuelve sobre esta anécdota, y probablemente nunca tenga respuesta definitiva. Lo concreto es que Robert Redford quedó asociado para siempre a un personaje que Fitzgerald describió con la delicadeza de un golpe bajo, y que Nicholson, a sus 89 y retirado desde 2011 después de Cómo sabes si..., carga con esa espina como quien conserva un cassette viejo en un cajón: sin usarlo, pero sin animarse a tirarlo.

Si me preguntan a mí, lo que más me conmueve de esta saga no es el reparto alternativo que pudo haber sido, sino la imagen de un gigante del cine que todavía, a casi medio siglo de aquella decisión, se permite hablar de ella en público con la voz un poco quebrada. Hay algo profundamente humano en un actor que reconoce sus propios errores frente a un micrófono, sobre todo cuando ya no tiene nada que ganar ni nada que perder. Nicholson se retiró de las cámaras hace más de una década, pero cada vez que vuelve a recordar a Gatsby, vuelve también, por un instante, a aquel pibe de dieciocho años al que todos le decían que ese papel era suyo. Y uno se queda pensando cuántas veces nos habrá pasado lo mismo, en otras escalas, en otras vidas: ese casting al que nunca nos animamos a ir, esa puerta que preferimos no abrir, esa palabra que nos quedó en la garganta. La diferencia es que, en el caso de Nicholson, la película se hizo igual. Y fue, también, una pequeña parte de nosotros.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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