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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando la entrevista a un psicoanalista se transforma en sesión de quejas entre compañeros

Gabriel Rolón visitó Otro día perdido y, entre preguntas sobre los modos de vincularse, terminó oficiando de árbitro de los reclamos en broma que Evelyn Botto y Soy Rada le plantearon a Mario Pergolini por cosas tan cotidianas como un nombre mal dicho, un beso ausente o un follow bajado en Instagram.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 17 d
Cuando la entrevista a un psicoanalista se transforma en sesión de quejas entre compañeros

El estudio de Otro día perdido tenía ese aire cálido de las mañanas de radio que ya se acomodaron en la rutina: cafés a medio terminar, auriculares colgados del cuello y la sensación de que cualquier visitante importante termina mezclándose, quiera o no, con la intimidad del equipo. Esa vez le tocó a Gabriel Rolón, psicoanalista y autor de varios libros sobre los modos en que nos vinculamos, sentarse en el medio de la silla longue invitado por Soy Rada, en una decisión de distribución que, sin quererlo, encendió la mecha de lo que vendría después.

Porque lo que empezó como una entrevista derivó, casi sin escalas, en una terapia grupal con público. Mario Pergolini, conductor del ciclo, miraba de costado mientras sus compañeros aprovechaban la presencia del especialista para plantearle, en tono de broma pero con munición real, pequeños reclamos de la convivencia cotidiana. Evelyn Botto y Agustín Aristarán, más conocido como Soy Rada, leyeron la lista de pendientes con una complicidad que dejó al psicoanalista a mitad de camino entre el análisis y la risa cómplice.

Layla, los besos y el arte de equivocarse con los nombres

Botto fue la primera en tomar la palabra y dejó planteado un interrogante que la desvela desde hace meses: cuánto tiempo más van a seguir tratándola como la nueva del grupo, después de un año de compartir aire, horarios y libretos. Para sumar argumentos, contó que Pergolini en más de una oportunidad la llamó Layla, un nombre que no es el suyo. El conductor se justificó con una confesión casi doméstica: tiene dificultades serias para retener nombres. La explicación no conformó a la locutora, que siguió apretando el botón del reclamo con una sonrisa que era pura picardía.

El intercambio subió un escalón cuando Botto sumó otra observación: su conductor no acostumbra saludarla con un beso. Rolón, fiel a su estilo, tomó el comentario como material de trabajo y explicó que cada persona tiene maneras distintas de mostrar afecto y de marcar los límites del cuerpo, y que eso no necesariamente significa distancia. Igual, no perdió la oportunidad de sumar un dato que descolocó un poco a la propia denunciante: le señaló que Soy Rada tampoco solía dar besos al saludar, lo que volvió el debate más federal y menos personal.

Un follow de menos y una decisión anunciada en vivo

El humorista, mientras tanto, tenía su propio caballo de batalla guardado. Le contó a Rolón que Pergolini había dejado de seguirlo en Instagram y que, peor aún, se lo había anunciado en persona mientras compartían un momento. Para Aristarán, que el conductor figurara entre sus seguidores no era un detalle menor: tenía un valor simbólico y, según sus propias palabras, le servía hasta como carta de presentación frente a terceros. Pergolini, otra vez a la defensiva, respondió que las publicaciones constantes de su compañero le resultaban aburridas. Soy Rada retrucó con una pregunta lógica: si le molestaba tanto, bien podía silenciar la cuenta en lugar de bajarle el dedo. Rolón, que ya estaba funcionando como moderador de una mesa con muchos condimentos, terció con preguntas sobre qué significa seguir o dejar de seguir a alguien y cómo esas decisiones, incluso las más banales, terminan diciendo algo sobre los vínculos.

El psicoanalista en el medio de la cancha

Más adelante, Pergolini intentó recuperar el eje y le preguntó a Rolón si una terapia grupal busca, en definitiva, que todos se lleven bien. El psicoanalista le respondió con la prudencia de siempre: el objetivo depende de cada situación y de qué se pone en juego, y le devolvió la pregunta con un interrogante clave: estamos hablando de personas que tienen que seguir compartiendo el trabajo día a día. La respuesta dejó flotando una idea incómoda y simpática al mismo tiempo, que es la que terminó dándole forma a toda la entrevista: convivir no es sinónimo de llevarse bien a la fuerza, sino de aceitar los acuerdos, también los no dichos.

El cierre estuvo a la altura del resto: Aristarán se despachó con un último reclamo en tono de chiste sobre el trato que recibía y las actividades que le tocaba encarar en el programa. Después, Pergolini dio por terminada la dinámica y retomó, ahora sí, la entrevista formal. Rolón, que ya había publicado varios libros sobre los laberintos del amor y los modos de habitar los vínculos, se fue con una postal poco habitual: la de un consultorio humorístico al aire, con tres pacientes disfrazados de compañeros de trabajo.

Lo que me llevo de la mañana

Si me permiten la opinión, lo que más me gustó de la visita fue ver cómo un programa puede permitirse el lujo de abrirle la puerta a un psicoanalista y terminar hablando, sin protocolo, de nombres mal dichos, de besos no dados y de follows bajados. Detrás de cada chiste había algo muy cierto: en cualquier equipo de trabajo, hasta los gestos más chicos funcionan como termómetro del vínculo. Y la manera en que Rolón se prestó al juego, sin rigidez y con humor, confirmó algo que él mismo suele repetir en sus libros: que la única forma de atravesar los lazos es talking about them, hablándolos, aunque sea en broma y delante de todo un estudio encendido.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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