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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Memorias del subdesarrollo: un escritor que se queda cuando todos se van

La película de Tomás Gutiérrez Alea cruza la historia de Sergio, un intelectual que permanece en La Habana tras la Revolución Cubana, con imágenes de archivo y saltos al pasado. Una pieza clave del Tercer Cine latinoamericano que sigue preguntando por el lugar del individuo frente a la historia.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 12 d
Memorias del subdesarrollo: un escritor que se queda cuando todos se van

Hay una imagen que se me quedó grabada desde la primera vez que vi esta película y que vuelve cada vez que la recuerdo: un living burgués en La Habana, con sus muebles todavía intactos, mientras afuera la ciudad se transforma a un ritmo que el protagonista no termina de entender. Esa sensación de habitar un mundo que se vacía es, para mí, la puerta de entrada a Memorias del subdesarrollo, la película que Tomás Gutiérrez Alea estrenó en 1968 y que sigue siendo, medio siglo después, una de las obras más lúcidas del cine cubano.

Antes de esta película, Alea ya había demostrado su pulso para mezclar política y vida cotidiana en títulos como La muerte de un burócrata, una sática feroz sobre los laberintos burocráticos de la Cuba revolucionaria. En Memorias del subdesarrollo, en cambio, el director bajó un cambio y se metió en la cabeza de un personaje incómodo: Sergio, un escritor acomodado que ve partir a su familia hacia Miami y decide quedarse. No lo hace por convicción revolucionaria ni por heroicidad: lo hace por hartazgo, por esa pereba existencial que a veces se confunde con coraje.

Un protagonista que se mira vivir

Sergio es un tipo difícil de querer, y ahí está gran parte del acierto de la película. Mientras sus padres y su ex mujer se suben al barco, él se queda tomando notas, intentando escribir una novela sobre el subdesarrollo, como si el país que se le mueve debajo de los pies fuera apenas un tema para su próxima obra. Alea lo muestra en ese doble movimiento de observar y participar a medias, siempre a un paso de distancia de lo que realmente ocurre.

En el plano más íntimo, el retrato no es menos filoso. Sergio se vincula con mujeres más jóvenes, con la idea de moldearlas a su gusto: les corrige la forma de hablar, les sugiere lecturas, les indica cómo vestirse. Son relaciones que hablan tanto de sus obsesiones como de la sociedad cubana de la época, donde las diferencias de clase se cuelan incluso en la cama y en la conversación.

La historia grande se mete en la pantalla

Lo más interesante de la propuesta de Alea es que no le concede a Sergio el centro absoluto de la narración. El relato avanza y retrocede, mezcla recuerdos del protagonista con imágenes de archivo de noticiarios, donde aparecen los misiles soviéticos, las marchas, los discursos, la vida pública de una isla en plena transformación. Esa decisión es la que termina de darle a la película su densidad, porque a la historia chica de un escritor indeciso se le suma la historia grande de un país que cambia de raíz.

Esa combinación de ficción y material documental, de archivo y de invención, es la que ubica a Memorias del subdesarrollo dentro del Tercer Cine, esa corriente latinoamericana que, cuando pudo acceder a cámaras y celuloide más baratos, se alejó de los modelos de Hollywood y también del cine de autor europeo. El cine cubano, en particular, fue uno de los grandes laboratorios de ese movimiento, y esta película es un ejemplo claro: búsquedas estéticas al servicio de un debate social y político, sin que la forma tape el contenido ni al revés.

  • Sergio decide quedarse en Cuba cuando su familia emigra a Miami, sin una razón política clara, más por hastío que por convicción.
  • El relato alterna la vida íntima del protagonista con imágenes de archivo de noticiarios que muestran la Crisis de los Misiles y otros momentos de la Revolución.
  • Sus relaciones sentimentales funcionan como un espejo de las diferencias de clase que atraviesan la sociedad cubana de la época.
  • La película forma parte del Tercer Cine, una corriente que mezcló experimentación estética con temáticas sociales y políticas en América Latina.
  • La estructura no lineal, con saltos al pasado y material documental, amplía la mirada más allá de la experiencia individual de Sergio.

Si me preguntan qué les aporta a las películas de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales, creo que la respuesta está justamente en esta película: les devuelve la historia que muchas veces se pierde cuando una historia queda encerrada en un solo personaje. Cuando Alea mete en el relato las imágenes de los misiles o de las manifestaciones, el conflicto íntimo de Sergio deja de ser únicamente su hastío y se convierte en un espejo de algo mucho más grande, que lo incluye y lo excede. Esa tensión entre lo personal y lo colectivo, entre el living burgués y la calle que cambia, es la que hace que Memorias del subdesarrollo siga vigente y siga dando que hablar, incluso para un lector o un espectador que no vivió aquellos años.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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