La serie que demuestra que un asesino hablando puede ser más terrorífico que cualquier persecución
A más de seis años de su estreno, la producción de David Fincher para Netflix sigue siendo una pieza irrepetible del thriller psicológico. Dos agentes del FBI, entrevistas en cuartos cerrados y una incomodidad que se construye en silencio.
Hay una imagen que se me quedó grabada de la primera vez que vi Mindhunter y que todavía vuelve cada vez que alguien me pregunta qué serie recomendar: la de dos agentes del FBI sentados en una sala sin ventanas, frente a un asesino que les cuenta, con una calma espeluznante, cómo eligió a sus víctimas. No hay sangre, no hay persecuciones, no hay música estridente. Está el fluorescente zumbando, una mesada de formica, una grabadora girando. Y sin embargo, la escena te deja con los pelos de punta. Esa es, para mí, la genialidad de David Fincher: convertir una conversación en una trampa para los nervios del espectador.
La serie, que llegó a Netflix en 2017 y cerró su recorrido con una segunda temporada en 2019, tiene una premisa sencilla pero arriesgada: a finales de los años setenta, dos agentes del FBI recorren los penales de Estados Unidos entrevistando a asesinos en serie convictos para entender cómo funciona la mente criminal. Holden Ford (Jonathan Groff), idealista y algo ingenuo, y Bill Tench (Holt McCallany), un tipo curtido con métodos más ortodoxos, forman una dupla improbable que funciona como engranaje central de toda la historia. Se les suma Anna Torv como Wendy Carr, una psicóloga que aporta rigor académico al equipo y equilibra esa dinámica de a dos que habría sido puro caos sin una tercera mirada.
El rigor histórico como motor narrativo
Lo que distingue a Mindhunter de otros thrillers criminales es que no inventa monstruos: los rescata del archivo. Ed Kemper, el Hijo de Sam, Richard Speck, Charles Manson y varios otros son recreados con un nivel de detalle documental que vuelve cada entrevista un duelo psicológico. Los actores que los encarnan, muchos de ellos rostros poco conocidos para el público masivo, logran algo difícil: que un cuarto cerrado y una conversación filmada de frente resulten más tensos que un tiroteo en una estación de subte. No hace falta mostrar el crimen para que el horror se filtre por la pantalla; alcanza con la forma en que un asesino describe sus recuerdos, con la manera en que se detiene antes de pronunciar una palabra, con la pausa incómoda que queda flotando cuando termina de hablar.
Esa incomodidad es deliberada. Fincher trabaja con una cámara que observa sin intervenir, que deja respirar los silencios y que nunca atropella al espectador con un golpe de efecto. La tensión no se acumula con música incidental ni con saltos: se construye con el tiempo, con la repetición de situaciones similares donde algo siempre cambia, y con la evolución sutil de unos personajes que empiezan la serie como curiosos y la terminan transformados por lo que escucharon.
- Dos temporadas y diecinueve episodios en total, con un cierre narrativo que no deja grandes hilos colgantes pese a la cancelación de una tercera entrega.
- Reconstrucción detallada del nacimiento de la unidad de ciencias del comportamiento del FBI, con guiños a figuras reales del perfilado criminal.
- Una dirección que prefiere el plano fijo y el silencio antes que el corte rápido o la banda sonora estridente.
- Elenco encabezado por Jonathan Groff, Holt McCallany y Anna Torv, con actuaciones visitantes que se roban cada escena en la que aparecen.
Hablo de Mindhunter y todavía me pasa algo curioso: la recuerdo como si la hubiera visto anoche, aunque pasaron ya varias navidades desde su estreno. Tiene esa cualidad de las series que se vuelven referencia, de las que uno termina citando cuando aparece cualquier otro thriller criminal y se queja de que le falta algo. Y lo que le falta, casi siempre, es esto: la paciencia para dejar que el miedo trabaje lento, para confiar en que el espectador adulto puede sostener una escena sin que lo guíen de la mano hacia el sobresalto.
Si nunca la vieron, este es un buen momento para hacerle un lugar. Y si ya la vieron, cuentenmé: ¿qué entrevista les quedó más grabada? Porque la mía, se los confieso, es la de Ed Kemper en aquella sala donde parece que hasta el aire estuviera escuchando.
