La momia resucita: el blockbuster de 1999 que convirtió a Brendan Fraser y Rachel Weisz en la pareja más querida del cine de aventuras
La película de Stephen Sommers reanimó al monstruo clásico de Universal con una mezcla de acción, terror y romance que dio pie a una trilogía. Un repaso por la entrega que marcó a fuego a toda una generación de espectadores.
Arrancamos la nota como si estuviéramos en el set: el polvo del desierto cae sobre unas ruinas que ya vimos mil veces en el cine, pero que acá respiran otro aire. Hay cajas de madera apiladas, beduinos que murmuran en árabe, un calor pegajoso y, de pronto, la sombra de Brendan Fraser con su sonrisa canalla. Esa es la imagen que se me viene a la cabeza cada vez que alguien me dice las palabras La momia, esa película de 1999 que muchos de nosotros vimos en el cine siendo adolescentes o jóvenes adultos y que, sin exagerar, nos marcó un antes y un después en cómo mirábamos las aventuras con monstruos.
Porque la cosa no empezó con esta entrega. Antes de que Brendan Fraser se pusiera al hombro al personaje de Rick O'Connell, y antes de que Rachel Weisz se consagrara como la egiptóloga Evelyn Carnahan, ya existía todo un legado de películas de momias que venían desde los años treinta con el sello de Universal. Lo que hizo Stephen Sommers fue agarrar ese monstruo clásico, sacudirle el polvo como si fuera una sábana de lino y meterlo adentro de un blockbuster con todas las letras: acción a tope,terror con onda, romance con chispa y dos personajes que, hasta el día de hoy, siguen siendo una de las parejas más queridas del género.
De qué va la película, sin spoilers (o casi)
La historia es de esas simples y efectivas que uno puede contar en un café. Rick O'Connell es un tipo con pinta de mercenario despreocupado, de esos que se meten en líos por plata y salen por suerte. Evelyn Carnahan, en cambio, es una investigadora obsesionada con el antiguo Egipto, librera empedernida, despistada con la vida cotidiana pero brillante con los jeroglíficos. Los dos terminan cruzándose en El Cairo y, casi sin querer, se meten en una expedición a Hamunaptra, la ciudad de los muertos. Hasta ahí, una aventura más. El problema es que en el fondo de esas arenas hay una tumba maldita, la del sacerdote Imhotep, y que la maldición no es un cuento para asustar turistas: cuando la destapan, el tipo vuelve a la vida con muy malas pulgas y con ganas de destruir el mundo.
Lo que me gusta de esta película, y se lo digo con la mano en el corazón, es cómo Sommers le metió a un monstruo de película de terror toda la pirotecnia del cine de aventuras moderno. Las escenas de acción están bien coreografiadas, sí, pero lo que uno recuerda cuando pasan los años es la relación entre Rick y Evelyn. Esa tensión que va de los piques verbales al compañerismo, del enojo a la complicidad, es el verdadero corazón del filme. Hay un pulso de comedia romántica metido adentro de un cuento de horror, y eso, aunque suene raro, funciona.
El cine de aventuras que viene a la cabeza
Mirá, no hace falta ser un crítico especializado para darse cuenta de que la sombra de Indiana Jones está ahí, bien presente. La mezcla de exploración, los riesgos físicos, el romance como motor emocional, los lugares exóticos, los villanos con poder sobrenatural: todo eso tiene la marca de Steven Spielberg y George Lucas. Sommers no oculta la influencia, la abraza. Pero lo que me parece destacable es que La momia no es una copia: tiene su propia identidad, su propio humor, su propio ritmo. Es como si Indiana Jones se hubiera cruzado con una película de la Hammer y el resultado hubiera sido este cocktail irresistible.
Y hablando de identidad, hay algo que no muchos dicen y que a mí me parece clave: La momia es una de las últimas grandes películas de aventuras del Hollywood de los noventa, ese Hollywood que todavía confiaba en los efectos prácticos, en los sets reales, en las estrellas de carne y hueso. Después vinieron los tanques digitales, las franquicias de superhéroes, y el cine de aventuras clásico fue mutando. Por eso esta película tiene ese sabor añejo que tanto nos gusta: se nota el trabajo artesanal, las secuencias rodadas en el desierto, el maquillaje increíble de Arnold Vosloo como Imhotep, la música de Jerry Goldsmith que te eriza la piel.
Una trilogía con sus bemoles
El éxito de la primera entrega fue tan grande que Universal no tardó en pedir más. En 2001 llegó El regreso de la momia, secuela directa que repetía la fórmula con los mismos protagonistas, más presupuesto y efectos visuales más ambiciosos. La historia retomaba a Rick y Evelyn ya instalados en Londres, con un hijo en camino y la aparición de un nuevo villano que, otra vez, tenía que ver con Imhotep. La película funciona, entretiene, y tiene algunas secuencias realmente memorables (el desierto, la famosa escena con los buses, ya saben cuál), pero también es cierto que repite varias de las mismas ideas.
Después vino La momia: La tumba del emperador Dragón, en 2008, y acá la cosa se puso más extraña. Brendan Fraser y Rachel Weisz no volvieron, la saga cambió de elenco, y el personaje de Rick O'Connell pasó a ser el hijo, Alex, interpretado por Luke Ford. La película se fue hasta China, se metió con el Ejército de Terracota, y tuvo a Jet Li como villano. No es una mala película, pero perdió buena parte de la magia de las dos primeras. Es la entrega más floja de la trilogía, y muchos fans la miran con cariño pero también con cierto suspiro.
- 1999: La momia. La entrega original, la que presentó a Rick O'Connell y Evelyn Carnahan, con Brendan Fraser y Rachel Weisz. La mejor de las tres, según la mayoría de los fans.
- 2001: El regreso de la momia. Secuela directa con el mismo elenco, más presupuesto y la aparición del Escorpión Rey como nuevo enemigo.
- 2008: La momia: La tumba del emperador Dragón. Cambio de elenco, nueva ubicación geográfica y un villano interpretado por Jet Li. La más olvidable de la saga.
Por qué sigue viva en la memoria
Después de la trilogía original, vino el relanzamiento con Tom Cruise en 2017, una película que quiso ser el inicio de un nuevo universo compartido pero que no terminó de cuajar. Más allá de esos intentos, lo que sobrevive en la memoria colectiva es la dupla Fraser-Weisz, esa pareja que se sacó chispas en la pantalla y que, sin querer, le devolvió al monstruo de la momia un lugar en la cultura pop del siglo XXI. Yo, cada vez que alguien me pregunta qué película de aventuras volvería a ver sin pensarlo, La momia aparece entre las primeras. Es cine de aventuras del bueno, del que te hace sentir chico, del que te hace soñar con expediciones a lugares remotos y con historias de amor que empiezan con un puteo en un mercado de El Cairo. Y, francamente, necesitamos más películas así.
