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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Hot Wheels Infinite Rush: cuando la pista se rompe y el autito se anima

Milestone apuesta por un mundo abierto con cuatro islas, más de 150 autos para coleccionar y un entorno casi completamente destructible. La fórmula pierde fuerza cuando se le acaban las novedades, pero igual atrapa al fanático de la marca.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 37 d
Hot Wheels Infinite Rush: cuando la pista se rompe y el autito se anima

Me acuerdo de pasar horas en el piso de la casa de mi viejo, armando y desarmando curvas naranja de plástico, imaginando que los autos rojos saltaban loops imposibles. Por eso, cuando prendí la consola y vi Hot Wheels Infinite Rush me pasó algo raro: fue como volver a ese living de alfombra gastada, pero con un cielo enorme arriba y sin las molestas paredes del circuito. Milestone tomó los autitos de toda la vida y los largó a correr por un mundo abierto, sin pista marcada, sin baranda que los frene. Y eso, para mí, ya vale el viaje.

El juego, recién salido al mercado, abandona el esquema clásico de circuitos cerrados que la marca venía repitiendo y se anima a un mapa enorme dividido en cuatro islas temáticas. La primera, Wheelswood, es una ciudad con rascacielos, tránsito y esa sensación de correr entre maquetas de una metrópoli de juguete. Después aparece Tentacle Bay, una zona costera con bahías y acantilados donde el mar funciona casi como un personaje más. Más adelante se desbloquea Gearville, una región industrial con naves, fábricas y dunas de desierto que recuerda a películas de persecuciones en el suroeste estadounidense. Por último, Drifty Temples propone una estética de inspiración oriental, con pasos de montaña y templos que son una invitación permanente a entrar derrapando.

Cuatro formas de acelerar y un garage enorme

Lo que distingue al Infinite Rush de cualquier entrega anterior de la saga es la libertad de exploración. No hay campaña con historia ni un personaje que nos guíe: el objetivo es correr, completar eventos y desbloquear zonas. El sistema de conducción se reparte en cuatro categorías con comportamientos bien diferenciados. Los bólidos, como su nombre lo indica, priorizan la velocidad pura y recargan turbo cuando se los acelera al máximo en línea recta. Los derrapadores son los reyes de las curvas cerradas: cada derrape largo llena la barra de nitro. Los equilibrados generan energía con casi cualquier maniobra, lo que los hace muy útiles para los que recién empiezan. Y los todoterreno, bautizados Titanes, están pensados para zonas irregulares y recargan turbo en forma automática.

La posibilidad de cambiar de categoría sobre la marcha, sin frenar ni pasar por un menú, es una de las cosas más festejables del título. Uno viene haciendo drift en una curva de Drifty Temples, ve una rampa que pide velocidad punta y en dos segundos ya está sobre un bólido que sale disparado. Esa inmediatez cambia el ritmo de la partida y le saca bastante frustración a la exploración.

  • Wheelswood: zona urbana con rascacielos, tránsito vehicular y eventos urbanos.
  • Tentacle Bay: bioma costero con acantilados, playas y un mar que enmarca el recorrido.
  • Gearville: región industrial con fábricas, depósitos y dunas de desierto.
  • Drifty Temples: área de inspiración oriental con templos, curvas cerradas y pasos de montaña.

Catálogo, pintura y multijugador para rato

Para los que coleccionan de verdad, el garage ofrece más de 150 vehículos entre prototipos de la propia Hot Wheels y licencias de fabricantes reales. Cada ficha trae una breve reseña histórica del modelo, algo que los más nostálgicos agradecen. El editor de personalización permite cambiar pintura, rines e interior, lo que vuelve a cada unidad única. A eso se suman los modos multijugador: competitivos con ranking para los que buscan subir posiciones, cooperativos para armar equipos con amigos y partidas casuales para correr sin presión. El editor de pistas personalizadas es la frutilla del postre: uno puede armar circuitos propios y compartirlos.

Lo que funciona y lo que chirría

En lo técnico, el juego se banca los 60 fotogramas por segundo en forma estable, algo clave en un arcade de velocidad donde cualquier caída de frame arruina la sensación de ir a fondo. El sonido es otro punto alto: el impacto metálico y plástico cuando un autito se estrella contra una luminaria suena casi como en la vida real, y los motores diferenciados según la categoría le dan personalidad a cada vehículo. Pero no todo es color de rosa. Algunas texturas del entorno tardan en cargar cuando uno pasa por encima a toda velocidad, y los tiempos de espera para reaparecer en la isla después de completar un evento rondan el minuto, algo que corta el ritmo en las sesiones largas.

Al Infinite Rush se le nota la falta de un hilo conductor argumental. Las primeras horas vuelan porque uno se distrae con cada evento, cada atajo escondido, cada autito nuevo para desbloquear. Pero después de un rato la cosa se queda sin: uno empieza a ver los mismos patrones, las mismas mecánicas repetidas, y la ausencia de una narrativa se siente como un hueco. Para los fanáticos de la marca y para los que buscan acción pura sin complicaciones, igual es un juego que rinde. No es la entrega más ambiciosa de Milestone, pero es la que mejor entiende que a veces uno quiere correr sin que nadie le explique por qué. Y a mí, que crecí armando pistas en el piso de la casa de mi viejo, eso me alcanza y me sobra.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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