«El otro Chiquito»: un documental que se mete en la cocina del disparate
El filme revisa la carrera del humorista español y la pulseada judicial que desató el personaje Lucas Grijander, interpretado por Florentino Fernández. Entrevistas, recreaciones y mucho archivo para entender cómo un gesto puede volverse patrimonio de un pueblo.
Me imagino la sala todavía a oscuras, ese rumor de pochoclos que precede a la función, y en la pantalla arrancan los primeros planos de un hombre que mueve los brazos como si espantara gallinas mientras suelta palabras que parecen inventadas: pecador de la pradera, fistro de la vida, jarl. Es Chiquito de la Calzada, claro, el humorista malagueño que a mediados de los años noventa convirtió un lenguaje propio en una manera de estar en el mundo, y que ahora vuelve al centro de la escena con «El otro Chiquito», un documental que no se limita a mirar su carrera sino que se anima a revisar, con paciencia de cronista y pulso de noticiero, el conflicto judicial que durante años tuvo en vilo a buena parte de la industria del entretenimiento española.
La idea original del filme lleva la firma de Diego San José, y la película se propone algo que a primera vista parece sencillo pero que en la práctica resulta ambicioso: contar quién fue Chiquito de la Calzada, qué lo hizo único en la pantalla, y al mismo tiempo desmenuzar el caso Lucas Grijander, ese personaje que Florentino Fernández construyó en el programa «Esta noche cruzamos el Mississippi» tomándole gestos, inflexiones y hasta ademanes al comediante malagueño, y que terminó derivando en un juicio que dividió aguas entre quienes defendían la imitación como arte legítimo y quienes veían en ella un uso comercial sin permiso de rasgos muy reconocibles.
Un personaje que se salió del cuadro
Lo fascinante del asunto es que Lucas Grijander no se quedó en el chiste de un programa de late night. El documental repasa cómo el personaje se expandió: hubo discos, hubo merchandising, hubo giras por toda España bajo el rótulo de «Lucas y sus janders», y ese camino fue el que llevó la cuestión desde el chiste televisivo hasta el estrado. La película, inteligentemente, no toma partido de entrada por ninguna de las dos trincheras; deja que las entrevistas y los archivos vayan armando el rompecabezas.
- Florentino Fernández y Pepe Navarro, protagonistas directos del caso, ponen la cara y la palabra para reconstruir lo que vivieron.
- Manuel Jabois, Ramón García y Juan Y Medio suman miradas desde el periodismo y la televisión, con recuerdos de amistad y de camaradería con Chiquito.
- Celia Villalobos y Mario Conde aparecen como parte del mosaico de testimonios que el documental reunió para contextualizar un episodio que excede lo puramente artístico.
- Las recreaciones cumplen la función de devolver a la pantalla momentos clave de la carrera de Chiquito y de su conflictuada relación con el personaje que lo imitaba.
El arranque del filme se toma su tiempo. Los primeros tramos están dedicados al ascenso de Chiquito: el hombre que llegó a la fama ya entrado en años, que se paraba en un escenario como si recién bajara de un tablao flamenco, y que sin embargo terminó siendo uno de los comediantes más celebrados de la televisión española de los noventa. Después, cuando el retrato del humorista está bastante delineado, entra en escena Lucas Grijander, y a partir de ahí el documental cambia de marcha para meterse de lleno en el juicio, con sus idas y vueltas, sus peritajes, sus declaraciones cruzadas y esa pregunta de fondo que sobrevuela toda la película y que a mí, lo confieso, me dejó pensando un buen rato: ¿dónde termina el homenaje y empieza la apropiación.
A mí, que sigo la carrera de Chiquito desde aquellos sketches donde aparecía sentado en un sillón como si fuera a levitar, este documental me resultó una pieza muy valiosa, porque no se queda en la sonrisa fácil ni en la nostalgia edulcorante. Hay un trabajo serio sobre cómo se construye una identidad artística, sobre el peso de lo gestual en el humor popular y sobre los límites, siempre movedizos, entre la parodia, la cita culta y el negocio. Salí de la proyección con ganas de volver a buscar unos viejos VHS del «Mississippi» y, a la vez, con la sensación de que ese gesto ampuloso de Chiquito, el de los brazos abiertos y la ceja levantada, sigue siendo una de las cosas más raras y queribles que produjo la televisión de mi generación, motivo más que suficiente para celebrar que alguien se haya tomado el trabajo de contarlo en serio.
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