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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El cuerpo como caja de resonancia: lo que el rencor acumulado le hace a la salud sin que uno lo note

Guardar una ofensa durante años no es solo un peso emocional: el organismo la traduce en presión alta, insomnio, inflamación y un cansancio que no se explica por el esfuerzo físico. Especialistas consultados por Sociedad describen cómo opera ese estado de alerta permanente y qué se puede hacer para empezar a soltarlo.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 39 d
El cuerpo como caja de resonancia: lo que el rencor acumulado le hace a la salud sin que uno lo note

A la hora del almuerzo, en una mesa del barrio de Belgrano, Marta sirve el café y se queda unos segundos en silencio antes de confesar algo que lleva adentro desde hace más de una década. La empleada que ella consideraba de toda la confianza, la que cuidaba a los chicos cuando ella volvía del trabajo, la que conocía la combinación de la alarma y tenía las llaves del departamento, se fue de un día para el otro después de una pelea tonta por un vuelto. Y, sobre todo, después de quedarse con una plata que no era suya. Marta nunca fue a denunciarla. Nunca le gritó por teléfono. Nunca le dijo a los vecinos lo que había pasado. Decidió tragársela. Y desde entonces, cada vez que alguien pronuncia el nombre de esa mujer, siente un nudo en la boca del estómago que no se va, una contractura en el cuello que le cruza la nuca y le sube hasta la mandíbula, y unas ganas de llorar que no tienen que ver con la tristeza sino con algo más viejo, más áspero, más enquistado. Eso que Marta arrastra sin nombre hace diez años, los especialistas lo conocen bien: se llama rencor, y tiene efectos físicos concretos que se acumulan con los años.

A diferencia de la bronca puntual, que aparece con fuerza y se disipa en cuestión de horas o de días, el rencor implica volver mentalmente sobre la ofensa una y otra vez, con una intensidad que no baja con el tiempo. Puede durar años, incluso décadas, y su origen suele ser una traición, una injusticia laboral, una ruptura afectiva o un conflicto familiar que nunca encontró resolución. Lo que lo distingue, según coinciden los profesionales que estudian el vínculo entre las emociones y el cuerpo, es que se vuelve un estado permanente en lugar de una reacción pasajera.

El corazón paga primero la cuenta

El primer efecto se registra en el sistema cardiovascular. El rencor sostenido eleva la presión arterial de forma crónica y acelera la frecuencia cardíaca incluso en reposo, porque el organismo interpreta el recuerdo de la ofensa como una amenaza activa y dispara los mismos circuitos de alarma que activaría frente a un peligro real. Ese estado de alerta repetido, día tras día, aumenta el riesgo de enfermedad coronaria y desgasta al corazón antes de tiempo. Lo que muchos pacientes describen como palpitaciones sin causa aparente o como una opresión en el pecho que aparece justo cuando el tema vuelve a la cabeza suele tener, justamente, ese origen.

  • Presión arterial elevada de manera crónica y frecuencia cardíaca acelerada en reposo, con mayor riesgo de enfermedad coronaria.
  • Cortisol alto durante más tiempo del necesario, con sueño alterado, grasa abdominal acumulada y menor sensibilidad a la insulina.
  • Defensas bajas frente a infecciones y un cuadro de inflamación silenciosa que se vincula con enfermedades crónicas.
  • Rigidez acumulada en cuello, mandíbula y espalda, fuente frecuente de cefaleas tensionales sin causa médica clara.
  • Malestar digestivo recurrente por la sensibilidad del eje intestino-cerebro al estado emocional.
  • Un cansancio profundo que no se explica por el esfuerzo físico sino por sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia.

El costo hormonal y el sistema inmune

El costo hormonal corre en paralelo. El cortisol, la hormona asociada al estrés, permanece elevado más tiempo del que le corresponde, y esa elevación sostenida altera el sueño, favorece la acumulación de grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos como la diabetes tipo 2. Mientras tanto, el sistema inmunológico también cede: con los mecanismos de defensa sometidos a una demanda constante, bajan las defensas frente a infecciones y aumenta la inflamación de bajo grado, un proceso silencioso que la medicina vincula con enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo y distintos tipos de dolencias crónicas.

Músculos, intestino y un cansancio que no se explica

En el plano muscular, el cuerpo se tensa de manera literal. El cuello, la mandíbula y la espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso, lo que explica muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente. El sistema digestivo también se resiente, dado que el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional: aparecen gastritis, colon irritable y digestiones pesadas que van y vuelven al ritmo de los recuerdos. Y la fatiga que genera el rencor, aclaran los especialistas, no se explica por el esfuerzo físico: es el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo humano diseñó para ser breve y que el rencor estira hasta convertirla en paisaje.

“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología

Consultado por Sociedad, el psiquiatra Norberto Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología, precisa que no hay evidencia científica sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica y única, pero sí que mantiene activados, de manera sostenida, mecanismos perjudiciales para el organismo. En ese sentido, su advertencia es tan clara como incómoda: cuando uno decide guardar una ofensa sin procesarla, no la está enterrando en un lugar seguro. La está cargando adentro, y el cuerpo, que es mucho más memorioso de lo que uno quisiera, la va cobrando en presión arterial, en noches sin dormir, en digestiones que se cortan, en un cansancio crónico que parece no tener explicación. La buena noticia, remarcan los especialistas, es que el camino inverso también es posible: trabajar el perdón, pedir ayuda profesional, escribir lo que uno siente, hablarlo con alguien de confianza o simplemente decidir, un día, que la ofensa ya cumplió su ciclo. No es olvidar. Es dejar de pagar, en salud, una deuda que no se merece.

TG

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