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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Digger: cuando el escenario se convierte en el único aire que queda para respirar

La nueva película de Alejandro González Iñárritu cruza a Tom Cruise y Jesse Plemons en una sátira donde un magnate, una obra de teatro y un mundo que necesita mascarillas para sobrevivir terminan confundiéndose en el mismo relato. Un repaso por la trama y su desenlace.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 11 d
Digger: cuando el escenario se convierte en el único aire que queda para respirar

La primera imagen que ofrece Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, es la de un teatro donde el aire parece medirse en butacas vacías y aplausos que nadie termina de dar. Esa sensación de estar siempre a un paso de algo que se acaba es, justamente, el motor de toda la propuesta: una obra dentro de la película, una película dentro de una crisis y un mundo que ya no se puede habitar sin una mascarilla colgada del cuello.

En el centro de la historia aparece un magnate cuya vida se cuenta en un escenario, y detrás de ese magnate, un actor que lo encarna. Ese actor es Tom Cruise, y la película se anima a revelar ese juego apenas terminado el primer acto, lo que cambia para siempre la manera en que uno mira todo lo que vino antes. Como cuando en una función de teatro el telón sube y uno entiende de golpe que lo que creyó ver en escena no era exactamente lo que el director quería mostrar.

Un imperio, un sobrino y un mundo que se compra por inhalation

Jesse Plemons interpreta al sobrino de ese magnate y, en los papeles, es la pieza que sostiene el relato en sus dos planos. Por un lado, mantiene vivo el negocio familiar vendiendo las mascarillas que permiten a la gente salir a la calle; por el otro, es quien financia la puesta en escena que cuenta la historia de su propio tío. Así, lo que se ve sobre las tablas no es solo un capricho artístico: es la continuidad del imperio, contada y al mismo tiempo producida por quienes lo heredaron.

Esa doble función se vuelve incómoda cuando uno piensa en lo que vio en Birdman, la película con la que Iñárritu ganó el Oscar hace ya una década, donde la frontera entre el escenario y la vida también se borraba a cada plano. Digger, en cierto modo, vuelve sobre esa misma idea pero la lleva a un terreno más áspero: acá no hay un superhéroe buscando redimirse, hay un mundo donde literalmente no se puede respirar sin pagar.

  • Tom Cruise interpreta a un actor que encarna al magnate que da nombre a la película.
  • Jesse Plemons es el sobrino que sostiene el negocio de las mascarillas y financia la obra.
  • La revelación de que el protagonista es un actor llega después del primer acto y modifica toda la lectura anterior.
  • El desenlace muestra la muerte de Digger sobre el escenario, celebrada por el público.
  • Al salir del teatro, los espectadores regresan a un mundo donde las mascarillas y el control policial marcan cada paso.
  • La música y los créditos cortan los momentos de alivio con interrupciones abruptas que prolongan la tensión.

El sonido del aire que falta

El cierre de Digger hace algo que a mí, como espectadora, me dejó pensando un buen rato después de que la pantalla se oscureció. Cuando termina la función y la gente se cruza con la policía en la calle, la banda de sonido ofrece pequeños momentos de alivio musical que se cortan de golpe, como si alguien bajara el volumen a la realidad. Ese recurso no se queda en los últimos minutos: se estira hasta los créditos, de modo que la sensación de amenaza se prolonga más allá de la última escena, cuando uno ya se levantó del asiento y está buscando la puerta del cine.

Lo que más me gusta de la propuesta de Iñárritu es esa decisión de no separar nunca la ficción del mundo que la consume. No es solo una película sobre un magnate, ni solo sobre un actor, ni solo sobre una obra de teatro: es sobre cómo, en un planeta que se quedó sin aire limpio, alguien puede convertir la historia de quien contribuyó a ese desastre en un espectáculo que se compra con la misma moneda con la que se compran las mascarillas para seguir viviendo. Y a mí, honestamente, se me hace una pregunta que me llevo puesta: cuántas veces, sin darme cuenta, estoy aplaudiendo desde una butaca mientras afuera pasa algo que también necesita que alguien lo mire de frente.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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