Cuando vuelven los hidratos, los cereales refinados inflaman más que el azúcar
Un ensayo controlado en NYU Langone Health comparó qué pasa cuando personas que habían bajado de peso con una dieta muy baja en carbohidratos reincorporan hidratos de distinto origen. Los almidones refinados generaron una activación del sistema inmunitario mayor que la de los azúcares añadidos, y mucho mayor que la de sostener la restricción.
La mañana en la que los 54 voluntarios empezaron a comer pan blanco de nuevo después de meses sin probar un hidrato de carbono fue, para los investigadores que los seguían de cerca, mucho más que una anécdota dietética: fue el punto de partida de un experimento diseñado para responder una pregunta que hasta ahora tenía más intuición que evidencia. ¿Qué le hace al cuerpo, cuando se sale de una dieta muy baja en carbohidratos, la elección del hidrato que vuelve al plato? La respuesta, según el trabajo que acaba de publicar Cell Press Blue y que llegó a esta redacción de la mano de colegas que cubren ciencia y salud, es que no todos los hidratos son iguales a la hora de mover el sistema inmunitario, y que los cereales refinados parecen llevar la delantera en algo que, en principio, no se les pedía.
Un ensayo pensado al detalle
El equipo de NYU Langone Health reclutó adultos de entre 18 y 50 años, con sobrepeso u obesidad y sin antecedentes de enfermedad cardiovascular ni diabetes, y los puso en una primera etapa común: una dieta muy baja en carbohidratos con un déficit calórico del 40%, sostenida hasta que cada participante perdiera alrededor del 15% de su peso corporal. Esa fase preparó el terreno para la pregunta central del estudio, que llegó después, en diez semanas donde las calorías fueron las mismas para todos pero la fuente de los hidratos cambió.
En esa segunda etapa, los 44 voluntarios que completaron el protocolo fueron distribuidos en tres grupos. Uno sostuvo la restricción y siguió con muy pocos carbohidratos. Los otros dos pasaron a planes con un reparto idéntico de macronutrientes: 57% de carbohidratos, 25% de grasas y 18% de proteínas. La diferencia estaba en el interior de ese 57%: uno de los grupos obtenía el 20% de su energía de almidones de cereales refinados, y el otro, de azúcares añadidos. Mismas calorías, misma proporción de macronutrientes, distinta calidad del hidrato.
Lo que midió el sistema inmunitario
Cuando los investigadores analizaron las muestras de sangre, lo que apareció los dejó pensando. El grupo que había reincorporado almidones refinados mostró señales claras de mayor activación del sistema inmunitario periférico: cambió la proporción de células asesinas naturales, se incrementaron las señales de activación de monocitos, células T, células dendríticas y neutrófilos, y se detectaron niveles más altos de adipsina, una proteína vinculada al sistema del complemento. La transcriptómica, es decir, la lectura de qué genes estaban trabajando más o menos en cada célula, confirmó la regulación al alza de vías inmunitarias y metabólicas en ese mismo grupo.
La hipótesis que manejaron los autores para explicar el fenómeno es directa: los cereales refinados elevan con rapidez la glucosa en sangre después de las comidas, y esa respuesta posprandial parece encender el sistema del complemento, que a su vez tira del hilo de otras vías con componente inflamatorio. Para sostener esa idea, los investigadores alimentaron ratones con maltodextrina, un derivado industrial del almidón, después de un período de ayuno, y observaron señales compatibles con la activación del complemento. No es lo mismo que una persona comiendo pan blanco en un desayuno de Manhattan, pero es el tipo de prueba que ayuda a que el mecanismo deje de ser solo una sospecha.
Qué cambia a partir de este trabajo
El estudio, además de interesante, tiene una lectura práctica que los propios autores subrayan: cuando alguien que restringió carbohidratos durante meses empieza a reincorporarlos, la discusión ya no pasa solo por cuántos gramos comer, sino por de dónde vienen. Volver al plato con arroz blanco, galletitas o pan de molde no parece ser lo mismo, desde el punto de vista biológico, que volver con azúcares añadidos, y las dos opciones se alejan bastante de sostener la restricción original.
Como suele pasar con estos hallazgos, falta recorrido para saber cuánto duran esos cambios en el sistema inmunitario, qué pasa con personas de otros perfiles metabólicos y si la inflamación que se encendió en diez semanas se traduce después en algún marcador clínico concreto. Pero el mensaje de fondo, que es el que esta redacción quiere compartir con quienes nos leen cada mañana mientras en Buenos Aires entra un sol tibio por la ventana, es que la calidad del hidrato que vuelve al plato después de una restricción no es un detalle: parece ser, según esta evidencia, una decisión con peso propio. Como aquella primera mañana del experimento, cuando un voluntario se sentó con su plato de cereales refinados y, sin saberlo, le contó algo nuevo al sistema inmunitario que llevaba meses en pausa.
