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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Aftas en la boca: por qué aparecen, qué las distingue y en qué momento conviene dejarse de esperar

Una guía clara para entender las úlceras bucales más comunes, sus desencadenantes cotidianos y las señales que indican que llegó la hora de consultar al especialista, sin alarmismos ni minimizaciones.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 37 d
Aftas en la boca: por qué aparecen, qué las distingue y en qué momento conviene dejarse de esperar

El sol entra de lleno por la ventana del consultorio de Lucía Morales, odontóloga del barrio de Caballito, mientras termina de revisar la boca de Marta, una paciente de cincuenta y pocos años que volvió a quejarse por la misma llaga en la encía. La escena se repite varias veces por semana: alguien se sienta en el sillón, se señaliza el interior de la mejilla con la lengua y pregunta, casi resignado, si eso que le molesta hace días tiene alguna importancia. Y esa pregunta, que parece menor, abre la puerta a un universo de causas posibles que van desde una simple mordedura accidental hasta un déficit vitamínico o una enfermedad autoinmune todavía sin diagnóstico.

Qué son y cómo se las reconoce

Las aftas, conocidas en la jerga médica como úlceras bucales, son lesiones que aparecen en la cara interna de las mejillas, debajo o encima de la lengua, en las encías, en el paladar blando o en el interior de los labios. Suelen mostrar un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un halo rojizo, y en muchos casos dan la cara con un ardor o un hormigueo previo. Un dato clave para distinguirlas del herpes labial: no aparecen en la superficie externa de los labios y no se contagian de una persona a otra.

  • Las aftas menores son las más comunes: pequeñas, redondeadas y generalmente se curan solas en una o dos semanas sin dejar marcas en la mucosa.
  • La variante mayor es menos frecuente, más profunda, más dolorosa y puede tardar hasta seis semanas en cicatrizar.
  • Existe una forma herpetiforme, compuesta por múltiples ulceraciones diminutas que tienden a agruparse, y que también requiere seguimiento profesional.

Los detonantes de la vida cotidiana

Antes de pensar en enfermedades complejas, Lucía acostumbra a revisar lo más simple, y ahí suelen aparecer las respuestas. Morderse la mejilla por accidente, un cepillado demasiado enérgico, el roce constante con un aparato de ortodoncia o una prótesis mal ajustada, una quemadura con el café de la mañana, el café con leche que sale hirviendo. El cuerpo lo registra como un trauma local y, en cuestión de horas, empieza a gestarse la llaga. A eso se suman el estrés acumulado, las noches mal dormidas y los cambios hormonales asociados a la menstruación o al embarazo, que también aparecen como factores desencadenantes bien documentados.

Cuando la alimentación cuenta, y mucho

La mesa también deja huellas en la boca. Las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D figuran entre los factores nutricionales más vinculados a la repetición de aftas. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes presentaban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina. Los autores fueron cuidadosos al aclarar que esa asociación no implica una relación de causa directa y que, en algunos indicadores, la evidencia disponible todavía es limitada, lo que no impide que muchos profesionales pidan un análisis de sangre cuando las lesiones se vuelven una costumbre.

Enfermedades que pueden esconderse detrás de una llaga repetida

Cuando las aftas se multiplican o reaparecen con una insistencia llamativa, la explicación puede estar en una condición de fondo que todavía no fue diagnosticada. Entre las enfermedades asociadas se encuentran la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, distintas infecciones virales, bacterianas o fúngicas y los estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. No se trata de asustar a nadie, sino de entender que la boca suele funcionar como un espejo del resto del organismo, y que una lesión persistente puede estar marcando un camino hacia un diagnóstico que, hecho a tiempo, cambia la historia clínica.

Las señales de alerta que no conviene subestimar

Hay un puñado de indicios que, según los consensos médicos, deberían activar la consulta sin postergaciones. Una llaga que no se cura después de dos o tres semanas, lesiones que cambian de tamaño o de aspecto, dolor intenso que no cede con medidas habituales, dificultad para comer o hablar, fiebre asociada, pérdida de peso sin causa aparente o la aparición de lesiones en otras partes del cuerpo. A esa lista se suma un criterio clave: la recurrencia. Si las aftas aparecen varias veces al año o se vuelven un clásico de cada cambio de estación, la consulta con un odontólogo o con un médico clínico es el primer paso razonable para descartar cualquier cuadro subyacente.

Vuelvo a la escena del principio, al consultorio de Lucía en Caballito, mientras el sol sigue entrando por la ventana y Marta se levanta del sillón con una indicación simple: controlar la ingesta de ciertos nutrientes, evitar los alimentos demasiado calientes y volver si la llaga no desaparece en el plazo esperado. Detrás de la recomendación hay una certeza que la odontóloga repite cada mañana: la mayoría de las aftas son pasajeras y se resuelven solas, pero cuando el cuerpo las repite una y otra vez, conviene escucharlo, porque a veces esa pequeña herida en la mucosa es la primera señal de algo más grande que merece atención profesional.

TG

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