Vivir solo y sentirse solo: dos puertas distintas que conducen al mismo riesgo
Un estudio con más de 277 mil adultos del Reino Unido encontró que la soledad y el aislamiento social recortan años de vida sin enfermedades, y que los hábitos saludables protegen más frente a uno que frente a la otra.
Son las siete de la tarde en un café de Boedo y, mientras afuera el viento de septiembre arrastra hojas secas por la vereda, una investigadora me cuenta por teléfono que tener poca gente alrededor y sentirse solo no son la misma cosa, aunque a menudo se confundan. Esa diferencia, que parece un detalle de manual de psicología, es la pieza que ordena un trabajo reciente: quienes experimentan soledad o aislamiento social pierden años de vida saludable, pero no por las mismas razones ni en la misma proporción.
Dos: aislamiento y soledad
La investigación, difundida por la Universidad de Tulane en un comunicado del 22 de septiembre de 2026 y publicada en una revista científica, siguió a más de 277 mil participantes del Biobanco del Reino Unido, de entre 40 y 69 años, que al ingresar no presentaban diabetes, enfermedades cardíacas, pulmonares, demencia, cáncer, depresión ni ansiedad. El equipo tomó los 50 años como referencia para calcular cuántos de esos años podían esperar vivir libres de esas siete condiciones.
El aislamiento social se entiende como tener pocas relaciones o interactuar de manera limitada con los demás; la soledad, en cambio, es el malestar por la falta de una conexión significativa, según las definiciones del Consejo Nacional de Envejecimiento. Una persona puede tener pocos contactos y no sentirse sola, si esos vínculos satisfacen sus necesidades, del mismo modo que alguien rodeado de gente puede experimentar una soledad profunda.
Los números que dejó el seguimiento
Las diferencias variaron según el tipo de enfermedad. Entre las mujeres que atravesaban soledad y aislamiento social, la estimación de vida sin problemas físicos fue 2,4 años menor; entre los hombres, 1,7 años menor. En salud mental, la brecha alcanzó los 3,7 años para ellas y los 5,8 para ellos, el recorte más marcado de todo el estudio.
Lu Qi, investigador principal y epidemiólogo de la Universidad de Tulane, señaló en el comunicado que los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y que las cifras se refieren a años libres de las enfermedades estudiadas, no directamente a años de vida perdidos.
Dónde los hábitos alcanzan y dónde no
El trabajo también puso a prueba el efecto de cuatro hábitos: alimentación saludable, actividad física regular, sueño de calidad y no fumar. En los participantes con aislamiento social, sostener esos hábitos atenuó la pérdida de años sin enfermedades; en quienes padecían soledad, en cambio, la reducción del riesgo fue marginal y no resultó estadísticamente significativa.
- Aislamiento social: los hábitos saludables amortiguaron parte de la pérdida de años sin enfermedades.
- Soledad: los mismos hábitos no modificaron de manera significativa los riesgos observados.
- La brecha más grande se dio en salud mental de los hombres: 5,8 años menos sin depresión ni ansiedad.
- En salud física, las mujeres perdieron 2,4 años y los hombres 1,7 años bajo el mismo escenario.
Vuelvo a la escena del café de Boedo mientras el viento sigue moviendo las hojas contra el vidrio. Una señora de Belgrano que toma un cortado me había preguntado antes qué hacer con un padre que se aísla, y la respuesta que ahora puedo darle es que el cuerpo lo cuenta, pero la cabeza lo sufre más: los años que se pierden por sentirse solo no se recuperan comiendo bien ni caminando todos los días, aunque esos mismos cuidados sí sirven para los que simplemente están solos. Por eso los especialistas insisten en trabajar la conexión tanto como la compañía.
