Una aventura dibujada entre islas y recuerdos: llega la nueva película animada de DreamWorks rodada en clave filipina
Dirigida por Joel Crawford y Januel Mercado, la cinta recorre la amistad de Raissa y Jo a través de mundos fantásticos, con humor físico y un ojo puesto en la identidad cultural del archipiélago asiático.
A primera hora de la tarde, con la sala todavía medio vacía y las luces del proyector empezando a calentar el aire, en la pantalla se dibuja una playa de aguas turquesa y un cielo que parece pintado con témperas escolares. Esa imagen inicial ya marca el pulso de la nueva apuesta animada de DreamWorks: una historia que apuesta fuerte por la cultura filipina como escenario y como motor emocional, y que encontró en la dupla de directores Joel Crawford y Januel Mercado la sensibilidad necesaria para no reducir el archipiélago a un simple decorado exótico.
Dos amigas frente al mapa de la separación
La historia pone el foco en Raissa y Jo, dos adolescentes unidas por una amistad intensa que se ve sacudida por la necesidad de separarse. Lo que en otras películas funciona como un trámite narrativo acá se convierte en el corazón del relato: los recuerdos compartidos, las risas a upa y las peleas tontas que después se vuelven entrañables aparecen como pequeñas viñetas que la película va retomando mientras las protagonistas atraviesan distintos mundos fantásticos.
Durante ese viaje, las chicas se cruzan con personajes secundarios que también tienen sus propias historias, y de a poco se va formando un grupo con sus roces, sus lealtades y sus momentos de humor compartido. Como en otros trabajos del estudio, la cinta combina situaciones disparatadas con secuencias de acción bien coreografiadas y una villana que encarna los obstáculos a superar, aunque el conflicto más profundo sigue siendo el de aprender a quererse aún cuando la distancia cambia la forma de los vínculos.
Una identidad filipina que se respira en cada plano
Lo que más me llamó la atención es que la película no usa a Filipinas como un envoltorio pintoresco, sino que se toma el trabajo de impregnar la aventura con sus costumbres, su color y su mirada. Desde los diseños de los personajes hasta los escenarios, hay una voluntad clara de darle entidad a la cultura local, algo que se nota especialmente en las criaturas fantásticas que las protagonistas van encontrando en los distintos mundos y que dialogan con el imaginario del sudeste asiático.
El elenco, compuesto en su mayoría por voces filipinas, refuerza esa apuesta: las protagonistas, los secundarios y hasta los gags más físicos tienen el acento y el timing de comedia del lugar. Crawford y Mercado, que ya venían trabajando juntos en proyectos del estudio, aprovechan esa base para construir un ritmo ágil, apoyado en el humor visual, las persecuciones imposibles y alguna que otra referencia ochentosa que los más grandes vamos a cazar al vuelo y los más jóvenes googlearán con curiosidad.
La adolescencia como motor del relato
Por debajo de la pirotecnia, la película se hace cargo de temas que le van a resonar especialmente a las familias con chicos en la preadolescencia: la separación, el trauma de los cambios, la dificultad de decir lo que se siente y el valor de esas experiencias compartidas que después se vuelven refugio. Los personajes no son héroes de una pieza: tienen inseguridades, se equivocan, discuten por pavadas, y esa humanidad torpe es, en mi opinión, lo que termina de darle relieve a una trama que podría haber quedado en puro despliegue de efectos.
El tramo final le cede la palabra al vínculo entre Raissa y Jo y a la pregunta sobre qué queda cuando la rutina se rompe, una pregunta que la película responde con una mezcla de ternura y de fantasia, sin golpes bajos, pero sin escatimar emoción. Después de verla, salí pensando que muchas historias de amistad adulta podrían aprender de esta mirada adolescente, y que DreamWorks sigue apostando por títulos que, bajo su capa de aventura colorida, tienen algo genuino para decir sobre los años en que todo se siente a flor de piel.
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