Tres meses antes del barro: el Duque de Halstead vuelve a jugarse el todo por el todo en The Gentlemen
La segunda temporada de la serie de Guy Ritchie se corre del slapstick criminal de la primera entrega y se interna en un drama de poder, política y ambición con Theo James otra vez al frente. Aparecen mafia italiana, alianzas nuevas y un Eddie Horniman que ya no llega por accidente al narcotráfico, sino que lo abraza con los ojos abiertos.
Me acuerdo perfecto del barullo que era la primera temporada de The Gentlemen: una mansión inglesa con goteras, plantaciones de cannabis escondidas entre los árboles, aristócratas desorientados y un Guy Ritchie volviendo al barro británico que tan bien conoce, ese de diálogos filosos, personajes memorables y una violencia coreografiada con humor negro. Aquello era divertidísimo, pero también un poco atolondrado, como una comedia criminal con mucha energía y algo menos de peso. La segunda temporada, que acaba de desembarcar en Netflix, se toma otra cosa: se pone seria, se oscurece y se anima a preguntarse qué pasa cuando el que mandaba por casualidad empieza a mandar porque de verdad quiere.
La historia vuelve a poner a Theo James como Eddie Horniman, el Duque de Halstead, aunque el tipo que aparece en los nuevos capítulos poco tiene que ver con el aristócrata confundido que conocimos. Eddie ya está integrado al imperio cannábico de la familia Glass, cada vez más cerca de Susie Glass, y la serie arranca con un salto temporal: nos ubicamos tres meses antes del momento en que lo vimos malherido, arrastrándose por un campo embarrado al final de la primera entrega. Esa decisión narrativa le permite a Ritchie mostrar el camino que llevó al personaje hasta ese punto, en lugar de empezar directamente desde el barro.
Ambición, política y un imperio que quiere cruzar la frontera
El motor de esta temporada es la expansión. Eddie ya no se conforma con administrar lo que heredó por accidente: quiere recuperar tierras alrededor de la finca, llevar las operaciones fuera del Reino Unido y mover el negocio entre el cannabis legal, la política y acuerdos con nuevos socios internacionales. El planteo es el de siempre, pero elevado al cuadrado: para crecer necesita tejer lazos con gente que, hasta hace poco, le habría dado la espalda por tener las manos demasiado limpias.
En el medio aparece la relación con el patriarca Bobby Glass, cada vez más enfocado en su despertar espiritual y en soltar el mando antes que en aggiornar el negocio. Eddie empieza a entender que sus modales de duque, esos que le servían para manejarse en el Parlamento, pueden leerse como debilidad en el mundo del crimen, y que acumular poder significa dejar de tolerar que otros decidan por uno. Hay una escena, hacia el cierre de los primeros capítulos, donde el personaje dice, más o menos, que la libertad es no tener que pedir permiso: la frase es simple pero funciona como brújula moral de toda la temporada.
- Sergio Castellitto se suma como Marco Moretti, un mafioso italiano que trae una lógica distinta a la del crimen británico.
- Michele Morrone interpreta a Cico Maldini, la mano derecha de Moretti, cargado de imprevisibilidad y de charme italiano.
- Theo James regresa como Eddie Horniman, el Duque de Halstead, ahora con menos dudas y más cálculo.
- Guy Ritchie vuelve a escribir y dirigir, esta vez con un tono más dramático y menos festivo.
El Ritchie que prefiere el bisturí al palazo
Ritchie mantiene algunas de sus marcas registradas: el montaje rápido, el humor seco, las peleas filmadas con precisión casi musical. Pero esta vez esas herramientas están al servicio de una pregunta más pesada, qué le hace el poder a alguien que no estaba preparado para ejercerlo. La transformación de Eddie recuerda, en espíritu, a la del protagonista de Snatch (cuyo vigésimo aniversario se celebró hace poco) o a la de esos antihéroes ricardos que pueblan el cine británico de mafiosos y gentlemen: cuanto más control gana sobre su entorno, más difícil se vuelve la salida.
Se nota también un cambio de mirada sobre el cannabis. En la primera temporada la planta era casi un personaje cómplice, la excusa para armar el enredo. Acá se vuelve tema de geopolítica: legalización, controles, negocios cruzados, lobbies. Eso le saca algo del tono de aventura y le da un pie más firme en el drama adulto. A mí, que vengo siguiendo a Ritchie desde Lock, Stock and Two Smoking Barrels, me gusta el giro: era hora de que dejara de tirarles la pelota a sus personajes para ver qué hacían y empezara a mostrar lo que les pasa cuando tienen que responder por sus decisiones.
La pregunta que queda flotando cuando se cae el telón es esa que nunca termina de responderse del todo en el género: hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino se vuelva irreversible. La serie no la responde en estos ocho capítulos, y está bien que así sea. Lo que sí hace, y lo hace con oficio, es mostrar que el barro del final de la temporada pasada no fue un accidente, sino el resultado lógico de un personaje que empezó queriendo salvar la herencia familiar y terminó queriendo, sobre todo, no obedecer a nadie.
