Torrente, el villano que la saga convirtió en campeón: el cruce entre Toledo y Segura que vuelve a abrir la grieta del humor español
Guillermo Toledo reaparece en la conversación pública para reclamar algo que, dice, viene planteando hace años: que su amigo Santiago Segura confundió el de la crítica con el espejo de la complacencia. Una pulseada vieja, con nombres propios, escenas concretas y una pregunta que sigue sin responder la industria.
Lo que está pasando estas horas con Guillermo Toledo me recuerda a esas discusiones de sobremesa que uno cree archivadas y que vuelven cada vez que alguien se anima a meter el dedo en la llaga. Toledo volvió a sentarse frente a un micrófono y, con la tranquilidad del que ya no tiene nada que perder ni nada que demostrar, le soltó a Santiago Segura una de esas frases que caen como una piedra en el lago quieto: le dijo, casi textualmente, que Torrente no puede seguir ocupando el trono de héroe de su propia saga, porque Torrente es, en los papeles, un fascista dicharachero que la película presenta como vencedor. Y que esa contradicción, lejos de ser un recurso audaz, es lisa y llanamente un espejo roto.
Porque el núcleo del asunto, para quien no haya seguido la saga desde sus inicios a principios de los dos mil, es que Torrente es un personaje que acumula lo que Toledo enumera sin dudar: fascismo, racismo, homofobia y machismo, todo condimentado con un humor que durante años hizo reír a salas enteras. La pregunta que Toledo viene planteando, según él mismo contó, es por qué ese personaje termina siendo el protagonista querido y no el antagonista al que el público debería ver caer. Y lo más jugoso, periodísticamente hablando, es que esa misma pregunta se la viene haciendo a Segura en privado desde hace tiempo, y la respuesta que recibe, dice, es un enfado del otro lado de la mesa.
La escena de la carne, el público que se ríe y la risa que incomoda
Toledo puso el dedo en una escena puntual que a él se le quedó grabada como una radiografía del problema. En uno de los films de la saga, Torrente tira al suelo un pedazo de carne y tres personas negras se trenzan por él. Para el actor, esa secuencia no contiene ni una capa de ironía ni un guiño crítico: la gente en la sala se reía, y se reía a mandíbula batiente, y eso es lo que a él lo alarma. Porque, según su lectura, cuando el humor funciona como maquillaje de un mensaje que en el fondo refuerza estereotipos en lugar de cuestionarlos, lo que se está haciendo es blanquear lo que se pretende denunciar. Y el problema no es reírse, aclara, sino no preguntarse de qué se está riendo uno.
“El humor es un arma política muy poderosa, y cuando lo usás para vestir de simpático a un personaje que dice y hace cosas que en la vida real serían repudiables, el resultado no es crítica: es complicidad.”Guillermo Toledo, en su entrevista reciente
Lo que Toledo contrapone como horizonte es la experiencia que tuvo durante años en Animalario, la compañía teatral donde se cruzó con figuras como Alberto San Juan y donde el humor se trabajó como una herramienta de incomodidad deliberada. La idea, según contó, es aprovechar esa primera risa del espectador para que después se le mueva el piso, para que el público termine preguntándose en silencio de qué se estuvo riendo. Esa es, para él, la frontera fina entre un humor que empuja a mirarse y un humor que empuja a aplaudirse.
Una historia en común, un cruce que lleva dos décadas
Lo que vuelve a este entredicho todavía más interesante es que no es entre dos desconocidos que se cruzan por la prensa. Toledo y Segura vienen compartiendo pantalla y proyectos desde hace años, con una química que arrancó en títulos de culto del underground español de los dos mil. Su última colaboración fue La reina de España, en 2016, y antes habían pasado por El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo, en 2004. Es decir, cuando Toledo habla, no lo hace desde afuera: lo hace desde el costado de alguien que conoce a Segura, que lo ha visto trabajar y que, por lo que se deduce, lo quiere lo suficiente como para decirle en la cara lo que muchos piensan por lo bajo.
- La crítica central de Toledo: Torrente concentra fascismo, racismo, homofobia y machismo, y aun así la saga lo consagra como héroe y no como villano.
- El ejemplo que usó Toledo para graficar el problema: la escena del trozo de carne en el suelo por el que se pelean tres personas negras, sin lectura irónica a su entender.
- El antecedente laboral que Toledo esgrime: su paso por Animalario, donde el humor se pensaba como herramienta para incomodar y no para consagrar.
- El vínculo entre ambos actores: compartieron créditos en El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo (2004) y en La reina de España (2016).
- La reacción que Toledo describe: cada vez que le plantea el tema en privado, Segura se enfada y la conversación no avanza.
Si me preguntan a mí, que vengo siguiendo esta pulseada desde hace rato, creo que Toledo está planteando una discusión que la cultura popular española todavía no terminó de digerir. Seguí la saga desde la primera entrega y confieso que en su momento me reí con lo que había que reírse, pero también es cierto que con el paso de los años una empieza a preguntarse qué hizo con esa risa, dónde la guardó y qué la fue alimentando. No se trata de cancelar a nadie ni de pedirle cuentas a Segura por haber creado un personaje que funcionó comercialmente: se trata de entender, como pide Toledo, que el humor sin espejo solo divierte, y que el humor con espejo puede llegar a transformar. Y acá, me parece, la saga eligió el camino más cómodo. Que Segura se enoje es humano; que la pregunta siga sin responderse, también.
