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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Sarah Paulson vuelve a calzarse el traje de asesina y se cruza con Lizzie Borden en una ficción que se anima a mezclar dos monstruos

La nueva entrega de la antología de Ryan Murphy en Netflix incorpora a Aileen Wuornos como un personaje que nunca existió en la realidad. Un repaso por los datos del caso y por las licencias que se toma la serie para tejer un encuentro imposible.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 27 d
Sarah Paulson vuelve a calzarse el traje de asesina y se cruza con Lizzie Borden en una ficción que se anima a mezclar dos monstruos

Lo primero que hay que decir es esto: la nueva entrega de la saga Monstruo en Netflix vuelve a jugarse entero por el impacto visual y por la elección de casting, y en ese reparto aparece, como no podía ser de otra manera, Sarah Paulson, que ya es casi una fija de las series de Ryan Murphy y que acá se mete en la piel de Aileen Wuornos con una presencia que pesa en cada escena. La producción toma el caso de Lizzie Borden, los asesinatos de su padre y su madrastra en 1892, y le suma un personaje del siglo XX como si las dos historias pudieran conversar cara a cara.

Antes de meternos en lo que muestra la pantalla, conviene ordenar un poco las cosas, porque la serie propone un vínculo entre ambas mujeres que no tiene ningún respaldo histórico. No hay pruebas de que Wuornos estuviera fascinada con Borden, ni de que haya pisado la casa de los Borden o pasado una noche ahí, como se ve en la ficción. Esa conexión es un recurso narrativo puro y duro, una de esas licencias que el género biográfico se permite cada vez más seguido para estirar el metraje y para que el espectador se vaya con la sensación de haber entendido algo más profundo de estos personajes.

Quién fue Aileen Wuornos, según los registros y las causas judiciales

  • Fue condenada por seis asesinatos cometidos en Florida entre 1989 y 1990.
  • Confesó haber matado a siete hombres en total.
  • En sus primeras declaraciones sostuvo que había actuado en defensa propia frente a ataques o intentos de agresión.
  • Recibió seis condenas a muerte y fue ejecutada por inyección letal en 2002, a los 46 años.

Con esos datos sobre la mesa, la serie decide correrlo del centro y armar algo distinto. El cocreador Ian Brennan contó que la intención era darle a Wuornos un final que funcionara como cierre para el personaje, aunque no fuera un final feliz. Esa búsqueda se nota en las escenas en las que Lizzie, ya como aparición, se le presenta y termina recibiéndola después de la muerte. Es un movimiento bastante arriesgado porque mezcla lo policial con lo espiritual sin pedirle permiso a nadie, y deja al espectador con la duda de qué está viendo exactamente: ¿un juicio moral, una alucinación, un deseo de redención?

El punto de inflexión aparece a partir del cuarto episodio, cuando la acción se muda a Florida en 1988 y se ve un encuentro en la ruta que termina con Wuornos disparándole a un hombre. Después aparece leyendo con su novia un libro sobre Borden y conectando su propia historia con la de aquella mujer de fines del siglo XIX. Más adelante, en el sexto capítulo, la ficción la instala directamente en la casa de los Borden, con un montaje que va alternando entre su presencia ahí y los momentos de la investigación original de 1892. Las famosas visiones de Lizzie funcionan como pegamento entre las dos líneas temporales y terminan de cerrar la analogía que el guion quiere instalar: dos mujeres marcadas por la violencia, dos relatos que la sociedad se empeña en tratar como espectáculo.

“Buscábamos darle a Wuornos un cierre que fuera satisfactorio para el personaje, aunque no fuera feliz.”Ian Brennan, cocreador de la serie

Y acá aparece la pregunta que me parece más interesante, y que el propio material deja picando: qué lugar deberían tener este tipo de licencias en las series que se presentan como basadas en hechos reales. Porque una cosa es tomar un caso y ficcionalizar los huecos que dejó la investigación, y otra muy distinta es inventar un vínculo entre dos personas que vivieron en siglos distintos y que, según todo lo que se sabe, nunca se cruzaron. La pantalla lo hace porque necesita un gancho emocional, y en eso es bastante eficaz: uno termina mirando esos capítulos con la sensación de estar frente a un duelo pendiente entre dos mujeres que la historia oficial nunca quiso sentar en la misma mesa. Pero también deja el gusto un poco amargo, porque cuando apagás la televisión y volvés a los papeles, lo que la serie cuenta como obsesión mutua no aparece en ningún expediente. La pregunta es si eso nos enriquece como espectadores o si, de a poco, nos va acostumbrando a dar por ciertas cosas que nunca pasaron. Mi opinión, después de seguir varias de estas antologías, es que el género está yendo cada vez más lejos en sus apuestas, y que cuando el casting y las actuaciones son tan poderosas como las de Paulson, una termina aceptando el pacto de suspensión de incredulidad casi sin darse cuenta. Lo que no me convence del todo es que se venda todo esto como una ventana a la verdad cuando en realidad es, sobre todo, una buena historia de terror con pedigree de Hollywood.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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