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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Ponerles límites a los pibes también es una forma de quererlos: por qué la falta de normas puede hacerles más difícil crecer

Especialistas en crianza sostienen que el diálogo no está reñido con la firmeza y advierten que, cuando el adulto cede para evitar el conflicto, los chicos pierden referencias para regular sus emociones y tolerar la frustración. La clave, dicen, no es gritar más ni prohibir más, sino ejercer una autoridad cercana y sin violencia.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 50 d
Ponerles límites a los pibes también es una forma de quererlos: por qué la falta de normas puede hacerles más difícil crecer

A la salida del colegio, en una esquina cualquiera de Buenos Aires, una nena de seis años le pide a su mamá un helado de segundo. La madre le explica que ya comió uno a la mañana y que, si vuelve a comer, le va a caer mal la panza. La nena frunce el ceño, se cruza de brazos y empieza a subir el volumen de su queja. La mamá respira, se agacha, le toma la mano y repite el no con la misma calma de hace cinco minutos. No grita, no la amenaza, pero tampoco afloja. La escena, mínima y cotidiana, condensa una discusión que hace rato viene dando vueltas en las mesas familiares y en los consultorios de los especialistas en infancia: hasta dónde se negocia con un chico, cuándo conviene sostener el límite y por qué decir que no, lejos de ser un gesto autoritario, puede ser una de las formas más concretas de cuidado.

Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, conversar con los hijos no significa perder autoridad. Al contrario: la autoridad, dice, se pierde cuando el adulto le teme al conflicto y hace cualquier cosa para esquivarlo. “Si para evitar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso”, señala. La especialista, que atiende en su consultorio del barrio de Palermo, insiste con una idea que suele chocar con la buena intención de muchos padres: respetar a un niño o a un adolescente no equivale a dejarlo hacer lo que quiera. El respeto, aclara, está en el buen trato y en la escucha, no en la ausencia de normas.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La distinción no es un capricho teórico. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que hasta hoy funcionan como mapa para pensar cómo se ejerce el rol adulto en la casa. El autoritario es el de las reglas rígidas y la poca escucha; el permisivo es el del mucho afecto pero con límites difusos; y el democrático, también llamado autoritativo, es el que combina normas claras con diálogo y contención. La gran mayoría de los especialistas consultados coincide en que este último es el que mejor funciona como punto de equilibrio, porque ni deja al chico a la deriva emocional ni lo aplasta con órdenes sin explicación.

“La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

La psicóloga Deborah Bellota, que trabaja hace más de dos décadas con familias en el barrio de Belgrano, coincide con esa mirada y agrega una pista para entender por qué a veces los padres corren el límite sin darse cuenta. Sostiene que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen normas “por miedo a que el hijo se enoje con ellos”. Esa dinámica, advierte, puede favorecer la autoestima y el vínculo, pero también deja a los chicos con dificultades para autorregularse, con baja tolerancia a la frustración y con resistencia frente a cualquier figura de autoridad, desde una maestra hasta un jefe en el primer trabajo.

Volver a la escena de la esquina

Raschkovan resume el espíritu de esta crianza con una frase que conviene guardar en el bolsillo: la vida misma ya presenta dosis diarias de frustración, porque hay que ir a dormir aunque uno quiera seguir jugando, no se puede almorzar caramelos y hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas contrariedades cotidianas, dice, van moldeando la capacidad de tolerar lo que no sale como uno quiere. Si un chico no experimenta el no en un entorno contenedor, le va a costar más hacerse un bagaje emocional para enfrentar lo que se le presente afuera.

Volvamos a la esquina del principio. La mamá, todavía agachada frente a su hija, le seca una lágrima con el pulgar y le ofrece como consuelo un vaso de agua fresca cuando lleguen a casa. No le compró el helado y no gritó. La nena, poco a poco, afloja los brazos, le toma la mano y camina a su lado con la boca todavía fruncida, pero sin la tormenta de hace un rato. En esa imagen chiquita está, según las especialistas, una de las tareas más grandes de la crianza: poner un límite sin romper el vínculo, sostener el no sin perder la ternura y entender que la autoridad bien ejercida, lejos de ser un gesto autoritario, es una manera cotidiana de cuidar.

TG

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