Maldita sea la hora en que leí estas páginas: Piñeiro le devuelve a Puig el escenario que su novela pedía a gritos
La dramaturga argentina adaptó la última novela que Manuel Puig escribió en su exilio neoyorquino y la subió a las tablas con dirección de Marcelo Moncarz. Un estreno que reabre la pregunta sobre qué clase media estamos dejando atrás y cuánto nos habla desde un sillón de un departamento de Manhattan.
La sala todavía huele a madera recién lijada cuando uno se acomoda en la butaca y empieza a sentir que algo está por pasar. Las luces bajan, dos sillas vacías en el centro del escenario y la sensación, esa sensación que solo dan los buenos comienzos teatrales, de que la palabra va a hacer todo el trabajo. Y así es: la nueva puesta de Maldición eterna a quien lea estas páginas arranca con poco más que dos voces, como si la novela de Manuel Puig hubiera estado esperando, durante décadas, exactamente ese hueco para respirar en escena.
La responsable de ese hallazgo es Claudia Piñeiro, que viene de construir una de las carreras más sólidas de la literatura y el teatro argentinos contemporáneos. Esta vez no escribe una pieza original: se anima con una operación delicada, adaptar la última novela que Puig escribió en su exilio neoyorquino. La elegida fue Maldición eterna a quien lea estas páginas, un libro que ella ya conocía pero que volvió a leer hace algunos años cuando le encargaron un prólogo para la reedición de la obra completa del autor de Boquitas pintadas. Esa relectura fue la chispa.
Un libro que ya sonaba a diálogo antes de ser obra
Lo que Piñeiro encontró al revisitar el texto fue algo que muchos lectores intuyen pero pocos terminan de poner en palabras: la novela está construida casi enteramente como una conversación entre dos personas, un argentino amnésico y un joven neoyorquino, en un departamento de Manhattan. Esa estructura dialogal, según contó la propia dramaturga, tenía una teatralidad que pedía a gritos un escenario. Llevarla a las tablas fue, entonces, casi una devolución: devolverle al texto el cuerpo que la página apenas insinuaba.
Para Piñeiro, además, hay una segunda capa que volvió a golpearla con fuerza en esta relectura: la vigencia del texto para discutir la Argentina de hoy. Me impresionó cómo le habla al presente el texto, señaló la autora, convencida de que ciertos libros encuentran su verdadero momento mucho después de haber sido publicados. Esa idea, la de un libro exiliado que termina hablando más fuerte cuando ya no quedan sus protagonistas originales, atraviesa toda la puesta.
Una clase media que se volvió arqueológica
Hay algo que Piñeiro repite cada vez que habla de Puig y que en esta adaptación vuelve a quedar en primer plano: su capacidad para capturar una idiosincrasia muy concreta, la de una clase media argentina que la propia autora describe como casi arqueológica. Lo hizo a través del lenguaje cotidiano, de las cartas, de las conversaciones, de esas maneras de dirigirse al otro que no buscan la corrección sino la fidelidad con cómo hablaba esa gente. Un oído que, visto desde 2025, suena casi como un documento.
A eso se suma otra de las claves que Piñeiro subraya de su admiración por Puig: su condición de artista integral, siempre mirando hacia el cine y el teatro aunque estuviera escribiendo novelas. Esa raíz escénica es, en buena parte, la razón por la que esta adaptación funciona sin necesidad de grandes artilugios. Bastan dos actores y una directora con buen oído para que la palabra sola arme el mundo.
Elenco y dirección
- Luis Campos como el personaje mayor, un argentino atravesado por la amnesia y por una dureza que el escenario fue ablandando.
- Mateo Chiarino como el joven neoyorquino que termina siendo mucho más que un interlocutor.
- Luz Miraldi completando el elenco.
- Marcelo Moncarz en la dirección, responsable del pulso y los silencios de la puesta.
- Estreno: 23 de agosto.
Claroscuros: cuando el actor le corrige la plana al personaje
Uno de los momentos más interesantes que Piñeiro compartió sobre el proceso tiene que ver con lo que el escenario le devolvió de un personaje que, leído, podía parecer más plano. El personaje mayor, duro y a veces francamente hiriente, fue ganando sensibilidad de la mano del trabajo de Luis Campos. Todos somos claroscuros, reflexionó la dramaturga sobre esa tensión entre la aspereza y la ternura que el teatro hace visible de un modo que la página no siempre garantiza. Es una de esas cosas que uno, como espectador, percibe en la butaca: que al personaje le creció algo que el libro le había negado.
“Me impresionó cómo le habla al presente el texto.”Claudia Piñeiro
Me confieso fanático de Puig desde adolescente, de esa prosa que suena a cine y a escenario a la vez, y por eso me acerqué a esta adaptación con la incomodidad del que sabe que algo amado puede salir mal. Salió bien. No solo bien: salió necesario. En una cartelera porteña donde proliferan los textos ajenos traducidos y las comedias que no dicen nada, ver a un autor nacional como Puig volviendo al escenario de la mano de una dramaturga como Piñeiro es de esas pequeñas noticias que a mí, como lector y como espectador, me reconcilian con el oficio. Si todavía no leyeron Maldición eterna a quien lea estas páginas, vayan al teatro y déjenla entrar antes de abrir el libro. Y si ya la leyeron, vuelvan a Puig de la mano de esta puesta: hay capas que solo se ven cuando alguien se anima a decir esas líneas en voz alta.
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