Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Lo que hay que saber sobre el adenocarcinoma de pulmón: el tumor que crece en silencio y que ahora pone bajo reflector al Papa León XIV

La confirmación del Vaticano sobre la cirugía a la que fue sometido el pontífice reabrió el debate sobre el cáncer de pulmón más frecuente entre personas no fumadoras. Especialistas explican cómo se opera, qué se analiza y por qué el pronóstico no depende solo del bisturí.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 2 d
Lo que hay que saber sobre el adenocarcinoma de pulmón: el tumor que crece en silencio y que ahora pone bajo reflector al Papa León XIV

La noticia cayó como un baldazo de agua fría en la mañana romana y, en cuestión de horas, dio la vuelta al mundo: el Vaticano confirmó que León XIV, el papa estadounidense que conduce la Iglesia desde hace pocos meses, fue sometido a una cirugía por un adenocarcinoma de pulmón que le extirparon el lóbulo inferior derecho mediante una técnica videoasistida en el Policlínico Gemelli de Roma, intervención que duró aproximadamente noventa minutos y tras la cual el pontífice retomó la alimentación habitual, realizó kinesioterapia respiratoria y ya comenzó a caminar dentro de su habitación, según el parte oficial.

Lo que muchos se preguntaron de inmediato es qué significa ese diagnóstico y por qué un adenocarcinoma pulmonar termina en un quirófano. Para entenderlo, convoqué la palabra del neurólogo Conrado Estol, que desde su consultorio en Buenos Aires me explicó con una claridad didáctica que ese tipo de tumor es, ni más ni menos, el más frecuente entre las personas que nunca fumaron: representa entre el cincuenta y cinco y el ochenta por ciento de los casos en ese grupo y suele localizarse en la periferia del pulmón, lejos de los bronquios principales, razón por la cual crece en silencio y demora en dar síntomas clínicos.

Por qué se saca el lóbulo entero y no solo el nódulo

Estol me describió la lógica oncológica con una metáfora que cualquier vecino de Palermo o de Belgrano puede entender: cuando un especialista decide ir a buscar un nódulo sospechoso, no va solamente a sacarlo, sino que procura asegurarse de que no quede ni una célula tumoral dando vueltas por ahí, y para eso la estrategia más segura es extraer el lóbulo completo, porque eso garantiza márgenes limpios y, además, le entrega al patólogo una pieza de tejido lo suficientemente grande como para analizarla en detalle, revisar los ganglios linfáticos vecinos y estudiar la pleura que recubre el pulmón.

Durante la operación, agregó el especialista, un patólogo puede examinar muestras en tiempo real para distinguir, en el momento, entre un cáncer, una fibrosis o una vieja cicatriz, aunque el diagnóstico definitivo recién se termina de cerrar cuando los microscopios del laboratorio procesan el material completo, un paso que en el caso del Papa ya arrojó el resultado esperado: adenocarcinoma, nada más y nada menos.

Qué pasa después del bisturí: pronóstico y genética

El punto que más inquieta a la opinión pública es el pronóstico, y acá Estol volvió a poner las cosas en su lugar con un ejemplo numérico que sirve de brújula: si el nódulo mide dos centímetros, si los ganglios están libres de compromiso y si la pleura no aparece afectada, la sobrevida a cinco años puede acercarse al noventa y nueve por ciento, un escenario hipotético que, según aclaró, sirve para dimensionar la diferencia enorme que hay entre un tumor detectado a tiempo y otro avanzado.

Sobre ese último punto, el neurólogo me explicó que laboratorios especializados están corriendo hoy estudios genéticos del tejido extraído al Papa, en busca de mutaciones específicas como las del EGFR, KRAS, BRAF, HER o MET, que cuando aparecen permiten indicar terapias dirigidas que se toman por vía oral y actúan como llaves que abren una cerradura puntual dentro de la célula tumoral, mientras que la inmunoterapia, aplicada por vía intravenosa, es otra alternativa en carpeta que puede combinarse o no con las anteriores, aunque ninguna de las dos es para siempre porque con el tiempo el tumor puede aprender a esquivarlas y por eso el seguimiento oncológico continuo es parte del tratamiento tanto o más importante que la propia cirugía.

Mientras el sol de mayo cae sobre la Plaza San Pedro y las calles de Roma vuelven a poblarse de fieles que se asoman para ver si el Papa reaparece en el balcón, la confirmación del adenocarcinoma y de su extirpación deja una enseñanza que va más allá de la fe: el cáncer de pulmón ya no es, como se creyó durante décadas, una enfermedad casi exclusiva de fumadores, sino que entre los no fumadores aparece con una frecuencia que obliga a repensar los controles, a escuchar al cuerpo cuando tose sin explicación y a no subestimar estudios por simples que parezcan, porque, como me insistió Estol al cierre de la charla, la diferencia entre un escenario cercano al noventa y nueve por ciento de sobrevida y otro mucho más complicado se juega, muchas veces, en los milímetros que separan un nódulo sospechoso de un lóbulo entero.

TG

Te puede interesar