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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La salud mental de los chicos cruje y las respuestas llegan tarde: la radiografía de un sistema desbordado

Niños y adolescentes llegan a escuelas, consultorios y guardias con insomnio, marcas en la piel o silencios que cargan desde hace años, mientras los equipos especializados son escasos y la atención se reparte, fragmentada, entre Salud, Educación y Justicia.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 36 d
La salud mental de los chicos cruje y las respuestas llegan tarde: la radiografía de un sistema desbordado

Son las diez de la mañana de un martes cualquiera y en la puerta del consultorio de María Laura, psicóloga infantil en el barrio de Caballito, hay tres familias esperando desde antes de que abriera la puerta; afuera, el sol pega de lleno sobre la vereda y una brisa tibia apenas mueve las hojas de los jacarandías, mientras adentro, una nena de nueve años le cuenta a la profesional que hace tres noches no duerme porque le da miedo que se repita lo que pasó en la casa del padre, y la madre, sentada al lado, mira al piso como si estuviera enyesado y no pudiera mover los ojos, porque nadie en la familia había logrado, hasta hoy, transformar ese secreto en una palabra que pudiera decirse en voz alta.

Síntomas que se multiplican en aulas, guardias y consultorios

El cuadro se repite con una insistencia que ya nadie en el sector descarta como casualidad: chicas y chicos que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan hasta volverse invisibles para sus compañeros, que se lastiman los brazos o las piernas y esconden las marcas con mangas largas incluso cuando hace calor, y que cada vez con más frecuencia expresan, con una frase corta y devastadora, que no quieren seguir viviendo, según coinciden profesionales consultados que atienden tanto en centros de salud del conurbano bonaerense como en hospitales públicos de la ciudad de Buenos Aires.

Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla, porque las infancias suelen ser expertas en camuflar el sufrimiento y porque los adultos del entorno, cuando están atravesados por la misma precariedad, tampoco siempre logran ver lo que ocurre a la vista de todos, y yo, que vengo siguiendo estos temas desde hace años, cada vez que escucho un relato así no puedo dejar de pensar que el silencio no es ausencia sino una forma muy concreta de pedir ayuda que todavía no aprendimos a descifrar.

La violencia como dato central y las pantallas como nuevo territorio

La violencia aparece como una de las llaves que explican buena parte del malestar que hoy golpea a las consultas: las estimaciones de UNICEF indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de los 18 años, mientras que entre los varones la proporción es de 1 de cada 11, y a ese mapa se suman los maltratos cotidianos, la negligencia y las humillaciones que pocas veces quedan registradas en un expediente porque ocurren puertas adentro, sin testigos y sin papel.

  • Chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva.
  • Chicos que se aíslan del aula, de los amigos y hasta de su propia familia.
  • Chicos que se lastiman el cuerpo y esconden las marcas bajo la ropa.
  • Chicos que expresan, en algún momento, que no quieren seguir viviendo.
  • Chicos que llegan a la guardia después de un intento de suicidio o de una crisis que ya no pudieron manejar solos.

Un sistema fragmentado que pierde a los pibes en el medio

Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, se topa con un sistema que funciona a pedazos y que muchas veces llega tarde: los servicios están saturados, faltan profesionales especializados en infancia y adolescencia, y los turnos se otorgan para dentro de varios meses, de modo que una señal temprana termina convertida en una urgencia que ya nadie puede desactivar a tiempo.

La atención aparece repartida entre tres ministerios que casi nunca se hablan entre sí: la escuela recibe el problema de conducta y lo traduce en un informe pedagógico, el hospital recibe el síntoma físico o la crisis aguda y lo resuelve con una internación breve, la justicia recibe la infracción o la denuncia y la tramita con sus propios tiempos, y en el medio de todo eso, el chico o la chica queda reducida a un caso que pasa de escritorio en escritorio sin que nadie termine de hacerse cargo de la persona entera, algo que me golpea especialmente cuando recuerdo a Mariana, una maestra de Quilmes que me dijo, con la voz todavía cansada, que ella había sido la primera en ver las marcas en la muñeca de un alumno de séptimo grado y que, para cuando llegó la respuesta del sistema, ese chico ya había intentado irse para siempre.

“Los pibes nos están gritando lo que les pasa y el sistema les responde con silencio, con listas de espera y con informes que nadie lee de punta a punta.”Mariana, maestra de Quilmes
TG

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