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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La mano que sostiene el miedo: por qué el contacto físico calma la ansiedad según una neurocientífica argentina

Tomar una mano, abrazar o acariciar puede intervenir en la regulación de las emociones y en las respuestas del organismo al estrés. Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, explica cómo funciona ese intercambio, qué diferencias tiene con tocarse a uno mismo y por qué la cultura influye en la cercanía corporal.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 22 d
La mano que sostiene el miedo: por qué el contacto físico calma la ansiedad según una neurocientífica argentina

Es una tarde cualquiera en Buenos Aires y afuera corre ese viento de agosto que se mete en la cara. En el consultorio, una mujer le toma la mano a su hijo antes de la vacuna y el chico, que hace un rato estaba blanco de miedo, respira un poco más hondo. A esa pequeña escena, que se repite millones de veces por día en cualquier sala de espera del país, se dedica desde hace años Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, vecina de Palermo, que pasó buena parte de su carrera investigando algo tan simple como decisivo: qué pasa en el cuerpo y en el cerebro cuando alguien nos toca para calmarnos.

Una mano que cambia la respuesta del cuerpo

Salamone lo dice sin rodeos. Cuando alguien siente miedo o angustia y otra persona le toma la mano, lo abraza o le acaricia la espalda, no se trata solo de un gesto de buena voluntad: el organismo se modifica. "Es una forma de acompañar que tiene efectos concretos sobre el estado emocional", resume la especialista, y pone el foco en un caso que conoce de cerca: el de los chicos que buscan la mano de un adulto. Esa escena, tan doméstica, fue estudiada por su relación directa con la reducción del temor.

El mecanismo no es metafórico. Involucra distintas partes del sistema nervioso y, según lo que Salamone investiga, vincula los estímulos que llegan a la piel con la actividad del cerebro, de la médula espinal y con las respuestas que da el resto del cuerpo. Recibir una caricia o un masaje, explica, puede modificar reacciones fisiológicas asociadas al estrés y empujar al organismo hacia estados de relajación. Es, en criollo, una llave química que se gira con cinco dedos.

Uno mismo, el otro y las cosquillas

Ahora bien: todos alguna vez nos tocamos el pelo, nos acariciamos la barba o nos pasamos la mano por la cara cuando estamos nerviosos. Salamone reconoce que esos gestos de autocontacto existen y forman parte de cómo cada uno regula lo que siente. Pero aclara algo clave: la respuesta no es la misma cuando interviene alguien más, porque el cerebro distingue entre las acciones que uno mismo genera y los estímulos que llegan desde afuera.

Las cosquillas son, para la especialista, el ejemplo más claro de esa frontera. Si uno intenta hacerse cosquillas solo, el cerebro anticipa dónde, cuándo y cómo va a ser el contacto, y eso atempera la sorpresa. Cuando el movimiento lo hace otro, en cambio, queda un componente de incertidumbre que cambia la intensidad de la sensación. Y hay más: las cosquillas, explica Salamone, forman parte del juego y del intercambio social, por eso incluso las que molestan terminan generando risa compartida.

“Recibir una caricia o un masaje puede modificar reacciones fisiológicas vinculadas con el estrés y la relajación. El cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas

Cultura, distancia y aprendizajes de la pandemia

Esa cercanía corporal que en la Argentina parece tan natural no es igual en todos lados. Salamone cuenta, casi como una anécdota, que durante su trabajo de investigación en Suecia charlar con un colega a tres metros de distancia era algo de lo más habitual. La distancia, aclara, no significa que los suecos sientan menos, sino que expresan y vinculan sus emociones de otra manera. Las costumbres, dice, marcan el modo en que el cuerpo se permite estar cerca del otro.

En el país, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, donde estudian la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, esa sensación perturbadora de sentirse ajeno del propio cuerpo. El grupo también se preguntó si la falta de interacción física durante los largos meses de aislamiento por la pandemia dejó marcas posteriores. Es, todavía, una pregunta de investigación abierta, pero la sospecha de que algo cambió en cómo nos tocamos después de 2020 circula fuerte en el campo.

Vuelvo a la sala de espera de la que partí hace un rato. La mujer sigue sosteniéndole la mano al chico. El viento sigue golpeando la puerta. Y Salamone, desde su consultorio de Palermo, me deja una idea que vale la pena repetir: una mano, una caricia, un abrazo, no reemplazan a un profesional de la salud mental ni hacen, pero pueden ser el primer paso para que el miedo afloje. A veces, del otro lado de una mano agarrada con fuerza, hay un cuerpo entero que empieza, de a poco, a calmarse.

TG

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