La ciencia detrás del ladrido que calma: lo que sabemos sobre perros y bienestar emocional
Investigaciones de distintas disciplinas coinciden en que la convivencia con perros se asocia con menos estrés, más movimiento y una rutina que ordena la vida cotidiana, aunque los especialistas remarcan que un animal no reemplaza la atención profesional de la salud mental.
Son las siete y veinte de la tarde de un miércoles de abril en Lanús y la calle está empezando a enfriarse con esa brisa húmeda que suele meterse entre los árboles cuando se va el sol, así que me abrocho el camperón y salgo a buscar a Donato, mi perro, que ya me espera junto a la puerta moviendo la cola como si tuviera un motor interno que nadie pudiera apagar, y mientras bajamos por la vereda rumbo a la plaza de siempre me pongo a pensar en algo que parece simple pero que la ciencia lleva años tratando de desentrañar, que es por qué la convivencia con un perro parecearles el ánimo a las personas y por qué tantos estudios, de distintos países y disciplinas, vuelven una y otra vez sobre ese vínculo como si fuera una pista seria a la hora de hablar de bienestar emocional, y la verdad es que cuando uno mira la literatura acumulada lo que encuentra es un cuadro bastante consistente que combina movimiento físico, orden cotidiano y respuestas hormonales concretas que el cuerpo pone en marcha cuando uno acaricia a un animal o lo mira a los ojos con esa confianza que sólo se construye después de años de convivencia compartida en el mismo departamento.
Porque conviene empezar por lo más básico y a la vez más importante, y es que tener un perro no es una experiencia pasiva ni abstracta sino una sucesión de obligaciones concretas que se repiten todos los días, como darle de comer a determinada hora, sacarlo a pasear lloviendo o brillando el sol, juntar lo que dejó en la vereda, llevarlo al veterinario cuando le toca, jugar un rato con él a la tarde y estar atento a si está bien o si algo le duele, y esa secuencia de pequeñas responsabilidades funciona como un andamiaje que estructura la jornada de cualquier persona pero que cobra un valor especial cuando uno atraviesa un período de soledad, de bajo estado de ánimo o de rutina desdibujada, porque obliga a levantarse, a salir de casa, a vincularse con el mundo exterior aunque sea para dar una vuelta a la manzana, y son justamente esos dos elementos, movimiento físico y orden diario, los que la literatura especializada suele mencionar como los más sólidos a la hora de explicar los efectos positivos sobre el humor y la salud mental.
Qué midieron los estudios y qué dicen con cautela
Una de las revisiones más citadas sobre el tema la llevó adelante la investigadora Diane Dreher, que reunió a lo largo de varios años un conjunto de trabajos sobre los efectos físicos y emocionales del vínculo entre personas y perros, y su análisis recorre estudios que van desde la ansiedad y la depresión hasta el estrés, pasando por el desarrollo infantil, la población de adultos mayores y los programas de terapia asistida con animales, y lo que aparece en ese mapa es una convergencia interesante, porque distintos equipos de investigación, con metodologías diferentes, terminaron señalando en la misma dirección, lo cual no significa que haya una verdad única e inapelable sino más bien que el conjunto de la evidencia apunta hacia un patrón que se repite, y ese patrón se sostiene sobre dos mecanismos biológicos bastante conocidos, que son las variaciones en el cortisol, la hormona que el cuerpo libera cuando se siente amenazado o bajo presión, y los cambios en la oxitocina, que es la hormona que se asocia con los lazos sociales, la confianza y la sensación de estar acompañado por alguien que nos quiere sin pedirnos nada a cambio, y un trabajo de revisión publicado en 2012, firmado por Andrea Beetz, Kerstin Uvnäs-Moberg, Henri Julius y Kurt Kotrschal, se detuvo en esos mecanismos y describió los posibles efectos de calma asociados al contacto afectivo con los animales, en especial después del contacto visual prolongado o de las caricias repetidas, que son las dos situaciones donde más se ha observado esa respuesta fisiológica.
“La presencia del animal no elimina las causas de la soledad, pero puede modificar la experiencia diaria de quien la atraviesa, aportando compañía, propósito y estructura.”Lectura de la literatura especializada sobre perros y bienestar emocional
- Para los adultos mayores, cuando se reducen las oportunidades de interacción social, el vínculo con un perro cobra mayor relevancia porque aporta compañía, propósito y una rutina diaria que sostiene el ánimo.
- En la infancia y la adolescencia, los perros pueden ocupar un lugar como fuente de cercanía y consuelo, porque ofrecen una interacción previsible y sin juicios, útil para regular emociones después de situaciones estresantes, siempre dentro de una red que incluya acompañamiento adulto.
- Los expertos subrayan que una asociación estadística no prueba causalidad directa, de modo que el bienestar mental depende también de las condiciones materiales, la salud física, los vínculos personales y el acceso a atención especializada.
- La evidencia no indica que un animal reemplace la atención profesional, pero sí describe por qué la compañía canina puede integrarse a una red de bienestar más amplia junto con otros recursos.
Y acá me parece que vale la pena detenerse un segundo y leer con cuidado lo que dicen los propios investigadores cuando uno les pregunta hasta dónde llegan sus hallazgos, porque es muy fácil caer en la tentación de simplificar y decir que el perro cura la depresión o que reemplaza al psicólogo, y nada de eso es lo que muestra la evidencia disponible, ya que los propios expertos subrayan con insistencia que una correlación estadística entre tener un perro y reportar menos estrés o mejor ánimo no prueba que el animal sea la causa directa de esa mejora, porque el bienestar mental de una persona depende de un entramando de factores que incluyen desde las condiciones materiales de vida y el estado de salud física hasta la calidad de los vínculos personales y, por supuesto, el acceso a atención especializada cuando hace falta, de modo que el perro aparece en la literatura como un factor más dentro de una red de bienestar más amplia, y no como una llave maestra que resuelve por sí sola lo que a veces es un problema serio y profundo, y a mí, la verdad, esa manera de mirar el tema me resulta más honesta y más útil que las promesas fáciles, porque no le pide al animal cosas que no puede dar y al mismo tiempo le reconoce el lugar que efectivamente ocupa en la vida cotidiana de muchísimas familias.
Vuelvo a Donato, que ya pasó tres veces por el mismo árbol y me mira como preguntándome si vamos a quedarnos mucho más en la plaza o si finalmente vamos a emprender la vuelta a casa, y mientras le engancho la correa pienso que la ciencia lo que viene a decir, en el fondo, es algo bastante parecido a lo que cualquiera que haya convivido con un perro ya sospecha, que es que ese animal que nos espera junto a la puerta cuando llegamos del trabajo, que nos pone límites de horario sin pedir permiso y que nos obliga a salir aun cuando no tenemos ganas, ocupa un lugar real en nuestra salud emocional, no porque cure nada por arte de magia sino porque nos ayuda a sostener la rutina, a movernos, a tocar a otro ser vivo y a sentir que alguien depende de nosotros con esa lealtad incondicional que todavía, después de tantos siglos de convivencia, sigue sorprendiéndonos cada vez que apoyamos la llave en la cerradura y del otro lado se escucha ese revuelo de patas que corre a recibirnos.
