Intolerancia a la lactosa: cuando el cuerpo deja de tolerar la leche sin dar aviso
La enzima que digiere el azúcar de los lácteos se reduce con los años y empiezan los malestares abdominales. Especialistas explican qué pruebas existen y por qué no conviene eliminar los lácteos por cuenta propia, sobre todo después de los 40.
El aire tibio que entra por la ventana del comedor en esta tarde de octubre parece no tener relación con nada, hasta que Marta Ledesma, vecina de Villa Devoto, repite la frase que ya se volvió una costumbre en su casa: «Si tomo un cortado con leche a las cuatro de la tarde, a las seis ya estoy inflada». Tiene 52 años, tomó toda su vida leche sin inconvenientes y, según cuenta, las molestias aparecieron de un día para el otro, sin aviso, como si el cuerpo hubiera decidido por ella. Esa escena se repite en miles de mesas argentinas donde el café con leche, el yogur de toda la mañana o el queso de la cena empiezan a dejar de ser aliados para pasar a ser un problema.
El fenómeno tiene nombre y explicación bastante clara: se trata de la intolerancia a la lactosa, una condición digestiva que aparece cuando el intestino delgado deja de producir en cantidad suficiente la enzima lactasa, que es la encargada de descomponer el azúcar natural de la leche para que el cuerpo pueda absorberla. Lo que sucede entonces es que esa lactosa sigue su camino sin digerir hasta el intestino grueso, donde las bacterias la fermentan, producen gases, generan hinchazón y cólicos, y además atraen agua, lo que muchas veces termina en diarrea o en heces blandas que desconciertan a quien las sufre sin saber por qué.
A quiénes les toca y por qué
Aunque la condición puede aparecer a cualquier edad, lo más frecuente es que los primeros síntomas se noten entre los 20 y los 30 años, aunque también es habitual que se manifiesten más tarde, ya pasados los 40 o los 50, como le pasó a Marta. La herencia genética tiene mucho que ver: la intolerancia es más común en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, mientras que resulta menos frecuente en poblaciones del norte de Europa, una diferencia que los especialistas vinculan con los siglos de historia de cada grupo en torno a la cría de animales lecheros y al consumo sostenido de sus derivados.
Entre los síntomas más habituales aparecen la hinchazón abdominal, el dolor tipo cólico, los gases, las heces blandas y la diarrea, y suelen presentarse pocas horas después de haber tomado leche, comido helado o incorporado cualquier derivado lácteo. La tolerancia, eso sí, varía mucho de una persona a otra: hay quienes se hinchan con apenas un vaso de leche y hay quienes solo reaccionan cuando la porción es más grande, y en esa tolerancia también cuentan los demás alimentos que formaron parte de la comida y la presencia de problemas digestivos previos, como el síndrome de intestino irritable.
Intolerancia y alergia no son lo mismo
Es una de las confusiones más frecuentes, y vale la pena aclararlo bien: la intolerancia a la lactosa no es lo mismo que la alergia a la leche. La alergia involucra al sistema inmunitario frente a las proteínas lácteas y puede causar urticaria, vómitos, eccema o incluso dificultad para respirar, y suele presentarse sobre todo en la infancia. La intolerancia, en cambio, es un problema de digestión incompleta de la lactosa, no activa ese sistema inmune y, por eso, sus manifestaciones son distintas y casi siempre más acotadas al aparato digestivo.
- La prueba de hidrógeno espirado es la más usada: se ingiere una dosis de lactosa y se mide el hidrógeno en el aire que la persona exhala durante unas cuatro horas; un aumento marcado indica que las bacterias fermentaron lactosa que el intestino no pudo absorber.
- En muchos casos no hace falta esa prueba: alcanza con retirar los lácteos durante un período breve y observar si los síntomas mejoran, siempre bajo la guía de un profesional.
- Los quesos duros como el parmesano o el suizo suelen tolerarse mejor porque tienen menos lactosa, al igual que el yogur, donde las bacterias ya «predigeren» parte de esa lactosa.
- Las leches deslactosadas, la enzima lactasa en comprimidos o en gotas y los lácteos sin lactosa permiten mantener el consumo sin los malestares, aunque conviene chequear calcio y vitamina D con un médico o nutricionista.
- Si las molestias continúan después de dos semanas sin lácteos, el cuadro merece una consulta para descartar otras causas, como celiaquía, síndrome de intestino irritable o malabsorción.
