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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El arte de decir que no: por qué a los argentinos les cuesta poner límites y cómo empezar a trabajarlo

Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta dolores sin causa aparente: el precio de no poder frenar al otro. También analiza qué pasa cuando uno no tolera que le pongan un freno. La buena noticia es que se aprende.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 5 d
El arte de decir que no: por qué a los argentinos les cuesta poner límites y cómo empezar a trabajarlo

Son las siete de la tarde de un martes cualquiera en una oficina del centro porteño y el sol de marzo se cuela por los ventanales, todavía alto, todavía de verano. Carla, administrativa de treinta y seis años, vive en Caballito y llega del trabajo con una sensación rara, como un peso que no se va con el café ni con el sueño. Le cuesta decirlo, pero cada vez que dice que sí a un favor extra, a un turno fuera de horario, a un plan que no quiere, siente que una parte de ella se va quedando afuera. No es cansancio del cuerpo, dice, es algo más hondo, como un ruido de fondo que no la deja en paz. Lo que le pasa a Carla no es un capricho ni una exageración: tiene nombre clínico, tiene historia y, sobre todo, tiene salida.

De eso se trata lo que hoy llaman la dificultad para poner límites: un armado que empieza mucho antes de que uno pueda hablar, casi desde los primeros meses de vida, y que cuando sale mal deja a dos clases de personas dando vueltas por la vida con el mismo problema, pero en puntas opuestas. Una es la que cede; la otra, la que no tolera que le cedan. Las dos pagan un precio.

Cómo se construye el primer "no"

El límite, según los especialistas que vienen trabajando el tema, se empieza a formar cuando uno todavía no sabe ni hablar. El pecho que no aparece en el momento exacto, el "no" firme ante un peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como una frustración enorme, es lo que después permite entender que uno es uno y el otro es otro. Que el deseo propio no siempre se cumple, y que está bien que así sea. El límite, aclaran los profesionales, no es lo contrario del amor. Es una de las maneras que tiene el amor de cuidarnos.

Los que no pueden decir que no

Cuando ese proceso no se cierra como debería, aparece el primer patrón: el de quien aprendió, de chico, que el propio deseo molesta, o que decir que no pone en riesgo algo más grande, como un vínculo, un trabajo, la aprobación de los padres. De grande, esa persona acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de cosas que no le corresponden. Paga en plata o en salud: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando como sedimento, y un cansancio que ningún fin de semana resuelve, porque no es físico, es psíquico.

Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no supo poner con palabras. Dolores sin causa clara en los análisis, insomnio que aparece sin razón, molestias que van y vienen. El cuerpo habla cuando la boca se calló, dicen los que ven estos cuadros todos los días.

Los que no toleran el "no" del otro

El segundo patrón es el espejo, pero no el espejo bueno: es el de quien no banca que le pongan un freno. Cualquier no se vive como una agresión, como un desafío personal. Vista de afuera, esa postura puede parecer fortaleza, decisión, carácter. Por dentro, según los especialistas, responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, con el tiempo, se van vaciando, porque quedan organizadas alrededor de la voluntad de una sola persona.

El punto medio, que no es ni sumisión ni imposición

Entre esos dos extremos hay una zona que no es de debilidad ni de imposición: la de poder decir que no sin culpa y, a la vez, escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo concreto, aclaran los profesionales, que es jugarse el vínculo con alguien de quien uno depende, ya sea afectivamente, laboralmente o en plata. Pero casi siempre, dicen, ese precio es más bajo que el de seguir como se viene.

Se puede revisar, y esta es la buena noticia

Lo más importante que remarcan los que trabajan el tema es que esto no es un rasgo de carácter fijo, de esos con los que se nace y se muere. Se armó en algún momento y, si no se armó del todo bien, se puede revisar. Un tratamiento serio, con tiempo y con el profesional adecuado, ofrece ese espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro, y para empezar a escuchar un no sin tomarlo como un ataque personal.

Volví a pensar en Carla, en su oficina de Caballito con el sol de marzo entrando por los ventanales. Me quedo con la sensación de que el primer paso no es decir que no a todo el mundo, ni tampoco abrirse la cabeza para que entren todos. Es empezar a notar, como dice ella, ese ruido de fondo. Después, con ayuda, se aprende a ponerle nombre y, sobre todo, un freno que cuide, sin romper lo que hace falta cuidar.

TG

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