Dos extraños en un vagón de tren: el romance adulto que De Niro y Streep se animaron a rodar en plena Manhhattan
En 1984, Robert De Niro y Meryl Streep dejaron atrás la épica de guerra para protagonizar un drama íntimo sobre dos casados que se enamoran sin buscarlo. A 42 años de su estreno, la película vuelve a estar disponible y sigue interpelando con una pregunta incómoda: qué hacemos cuando lo que sentimos no entra en la vida que armamos.
Me acuerdo de haber leído, en algún momento, que las mejores historias de amor en el cine eran las que pasaban en silencio, en un café, en un andén, en un vagón. Y cuando uno vuelve a ver Enamorarse, que se estrenó en 1984 y acaba de cumplir 42 años, entiende por qué esa idea sobrevive: Robert De Niro y Meryl Streep se miran como si la cámara les debiera una disculpa por interrumpirlos, y Manhattan entera queda reducida al espacio mínimo donde dos personas se reconocen. La película, dirigida por Ulu Grosbard y escrita por Michael Cristofer, vuelve a estar disponible para quien no la haya visto en su momento, y la verdad es que es una excusa perfecta para reencontrarse con dos gigantes en un registro al que casi nunca se los asocia.
Antes de este film, De Niro y Streep ya se habían cruzado en El francotirador, la película de Michael Cimino de 1978, pero compartían escena en otro tono, otro mundo, otra cartografía emocional. Acá, en cambio, la dupla se zambulle en un drama adulto, de tonos bajos, sin balas ni selvas asiáticas ni densidad épica: la incomodidad cotidiana de un sentimiento que aparece cuando uno menos lo espera. Eso, que suena a poco, termina siendo el motor de un film que prefiere mirar para adentro antes que hacia afuera.
Una librería, un paquete equivocado y el azar como punto de partida
La historia arranca en una librería de Manhattan, en época navideña. Frank Raftis, el personaje de De Niro, y Molly Gilmore, el de Streep, intercambian por error los paquetes que llevan para sus respectivas familias. Lo que empieza como un malentendido menor se transforma en un hilo conductor cuando, meses después, vuelven a cruzarse en los trayectos en tren que ambos hacen por rutina. La familiaridad crece, la atracción también, y ahí aparece la trampa que sostiene toda la película: los dos están casados. Esa condición, lejos de ser un decorado, es el verdadero campo de batalla del relato.
El guion de Michael Cristofer no resuelve el conflicto con facilidad ni lo maquilla con música altisonante. Frank y Molly tienen que decidir qué hacen con algo que ninguno buscó, sabiendo que cualquier decisión tiene consecuencias para otras personas: los hijos, los cónyuges, los años compartidos. El drama no está en el romance en sí, sino en lo que ese romance obliga a revisar, o sea los compromisos asumidos, la lealtad, la distancia enorme entre lo que alguien siente y lo que efectivamente está dispuesto a hacer con la propia vida.
Manhattan como coprotagonista
La ciudad funciona como parte del relato, y eso a mí me parece uno de los grandes hallazgos del film. La librería, los vagones del tren, los puntos de encuentro fugaces hacen que algo extraordinario para sus protagonistas ocurra dentro de escenarios completamente ordinarios. Es, en ese sentido, una historia de rutina rota: una postal de la vida cotidiana que se tensa cuando dos cuerpos se reconocen. El elenco de apoyo, con Harvey Keitel, Dianne Wiest, Jane Kaczmarek y David Clennon, expande el mundo de la pareja central y ubica el vínculo dentro de una red de matrimonios y obligaciones que se sienten casi tangibles.
La recepción, hay que ser justos, fue tibia. Según los registros de Box Office Mojo, la película reunió unos 11.129.057 dólares en Estados Unidos y Canadá, con un debut cercano a los 2,3 millones. La crítica tampoco fue unánime: Roger Ebert le dio dos estrellas sobre cuatro y cuestionó el guion, aunque rescató momentos puntuales de la interacción entre los protagonistas. Algunos textos de la época la emparentaron con Breve Encuentro, el clásico británico de 1945 que también trabaja el peso de una atracción imposible. Más allá de los números, lo que sobrevive es un film que se anima a tratar el deseo adulto como lo que es: un problema con consecuencias, no un cuento de hadas.
Por qué sigue interpelando
Volví a verla hace unos días y confieso que me agarró desprevenido. Uno espera el dispositivo de estrellas de Hollywood y se encuentra, en cambio, con dos actores enormes contenidos, midiendo cada gesto, dejando que el silencio trabaje. De Niro, al que uno asocia con tipos de mano dura y retranca, se permite acá una vulnerabilidad casi insólita para su filmografía del momento. Streep compone a una mujer que duda en serio, no como adorno dramático, sino como alguien que se juega la vida por un rato en el tren. En un presente acelerado, donde las historias de amor suelen resolverse en un parpadeo, Enamorarse sigue teniendo esa paciencia enorme para mirar lo que pasa cuando dos adultos se quedan quietos, por una vez, frente a lo que sienten. Y eso, a 42 años, merece otra vuelta.
