Digger: Tom Cruise se calza el traje de magnate petrolero en la nueva apuesta de Iñárritu
La película sigue el intento desesperado de un empresario por contener la catástrofe ambiental que él mismo desató en Groenlandia. Estrenó el 30 de septiembre de 2026 y recién empieza a recorrer las salas del mundo.
Me imagino la escena inaugural como si la tuviera delante de los ojos: un bloque de hielo del tamaño de una ciudad pequeña despegándose del borde de Groenlandia con un estruendo sordo, mientras en una oficina tapizada de pantallas un magnate se ajusta la corbata y pide un café. Esa postal, mitad desastre natural, mitad sátima corporativa, es la que abre Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu que llegó a los cines internacionales el 30 de septiembre de 2026 y desembarcó en Norteamérica el 2 de octubre, también en formato IMAX.
El protagonista es Digger Rockwell, un empresario petrolero que, según la sinopsis oficial, es presentado nada menos que como el hombre más poderoso del mundo. La ironía está servida desde el arranque: la operación que él mismo comanda en Groenlandia es la que provoca el desprendimiento de una masa de hielo monumental que avanza, como una amenaza silenciosa, hacia el norte de Europa. Y es justamente Rockwell el que decide ponerse al frente del intento por contener el desastre, en una de esas piruetas narrativas donde el bombero y el pirómano comparten el mismo traje.
Un elenco de primera línea y un director con obsesión por el detalle
Acompañan a Cruise nombres que ya saben lo que es cargar con un protagónico pesado. Riz Ahmed se mete en la piel del doctor Nirav Ganesh, un especialista en seguridad ambiental al que le toca lidiar con el magnate y con el reloj que corre en contra. John Goodman interpreta al presidente de los Estados Unidos, un tal Compton, que aparece como otra de las piezas clave del rompecabezas político. La alemana Sandra Hüller -la misma que dejó boquiabierta a media Europa con La zona de interés-, Michael Stuhlbarg y Jesse Plemons completan parte del elenco. Cruise, además deprotagonizar la película, la produjo junto con Iñárritu y Mary Parent.
El guion lleva la firma de cuatro manos: el propio Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y la escritora y dramaturga mexicana Sabina Berman. Detrás de la cámara, como no podía ser de otra manera viniendo de este director, se sentó Emmanuel Lubezki, responsable de una fotografía rodada íntegramente en VistaVision, ese formato de gran formato que ya es casi una declaración de amor al cine clásico.
Un debut tibio en la taquilla y un Cruise que se permite pensar a largo plazo
- Recaudó alrededor de 8 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá.
- Sumó unos 12 millones adicionales en 73 mercados internacionales.
- El total global del primer fin de semana ronda los 20 millones de dólares.
- El presupuesto de producción se estimó entre 160 y 180 millones, sin contar promoción.
Las cifras, a primera vista, no invitan al festejo: 20 millones en todo el mundo contra un costo cercano a los 180 millones es un debut frío para cualquier estándar, y mucho más para una superproducción de estas características. Sin embargo, en la entrevista que le dio a Kevin McCarthy el mismo día del estreno, antes de que se conociera el balance completo de la taquilla, Cruise dejó en claro que su cabeza está puesta en otro lugar: "Siento que vamos a crear algo que se va a sostener en el tiempo", dijo, y la frase funciona casi como un manifiesto de por qué eligió a Iñárritu, a un personaje que lo aleja del agente Ethan Hunt o del piloto Maverick, para mostrar una faceta más caricaturesca y, en cierto modo, más arriesgada.
A mí, que lo sigo desde hace décadas, esta Digger me genera esa sensación agridulce de las comedias negras que incomodan a la platea. Hay algo de demolition man del propio Cruise: el tipo que puede saltar entre rascacielos en una saga de acción y, sin embargo, se banca un registro exagerado, de magnate de caricatura, para contar cómo el dinero y la imagen pública se vuelven tan tóxicos como el combustible que se extrae de un glaciar. Iñárritu, que ya nos había sacudido con Birdman y con El renacido, vuelve a poner el ojo en personajes obsesionados con la percepción ajena, y en esa obsesión parece habitar una parte del ADN de esta película. Si te toca cruzarte con Rockwell en la sala, te recomiendo que le des una oportunidad: detrás del disparate, hay un espejo incómodo que vale la pena mirar de frente.
