Curry casero y curry con sello: así se cocina Tailandia en pleno Palermo
Punch Curry Bar combina preparaciones artesanales, viajes de formación al sudeste asiático y un reconocimiento oficial del gobierno tailandés. Una cocina de autor que viaja entre dos continentes sin perder identidad.
Si andás por Palermo y querés probar un plato que mezcle aromas del sudeste asiático con la precisión de una cocina de autor, tenés una cita en una esquina que no sale en las guías turísticas más vistas. Ahí funciona Punch Curry Bar, un local chico donde la mayoría de lo que llega a la mesa se hace en el lugar: la leche de coco, las pastas de curry rojo y verde, el garam masala y buena parte de los aderezos salen de producción propia. Abrir la carta es asomarse a una cocina que no se apoya en lo decorativo, sino en el trabajo previo.
Detrás de los fogones está Marcelo Moreno, cocinero con paso por Nueva York y por uno de los primeros restaurantes tailandeses de la Argentina, experiencia que completó con un viaje de formación por Tailandia. Esa estadía le permitió volver con el manejo de especias, aromas y técnicas que hoy se notan en cada plato.
La lógica del contraste
La cocina tailandesa se sostiene sobre una idea central: el contraste deliberado. Dulce con picante, fresco con fermentado, crocante con cremoso, ácido con amargo. No es un accidente ni una moda: es una lógica que organiza cada preparación y que se percibe al probar los platos de la casa.
- Cazuelita de chipirones con jengibre, lemongrass, ajo, lima, cilantro y kaffir.
- Tom yum gung: sopa clara con langostinos, galanga, echalote, hongos, salsa de pescado y cilantro.
- Curry verde con frutos de mar, leche de coco, pasta de curry, berenjenas, brotes de bambú y lemongrass.
- Coctelería propia y servicio atento, según coinciden quienes repiten la experiencia.
La cazuelita de chipirones es un buen punto de partida: la acidez de la lima y el frescor del cilantro conviven con el calor del jengibre. La tom yum gung es quizá la expresión más clara de esa idea: un caldo transparente donde la galanga, la salsa de pescado y los hongos suman capas sin enturbiar. El curry verde, por su parte, lleva esa lógica al terreno cremoso: la leche de coco amortigua el picante de la pasta y deja que los frutos de mar y la berenjena hablen.
El sello oficial que avala la propuesta
Punch Curry Bar recibió la distinción Thai Select Casual, un reconocimiento que entrega el gobierno de Tailandia a locales en el exterior que funcionan como referentes de esa cocina. El sello implica cumplir estándares de autenticidad tanto en ingredientes como en preparaciones, y funciona como una garantía institucional para el comensal que se acerca por primera vez.
Para dimensionar la cocina tailandesa conviene repasar su historia: absorbió influencias de India, China, Persia, Malasia, Portugal y América, entre otros. De cada tradición tomó algo concreto: los fideos y el wok de China, las especias de la India, los ajíes y el maní traídos desde América, el pescado fermentado del sudeste asiático. Esa capacidad de diálogo es la que permite que hoy un plato servido en Buenos Aires conserve su raíz.
El precio de referencia para una visita ronda los quince mil pesos por persona, dependiendo del plato principal y la bebida, y se mueve en el rango habitual del polo gastronómico de Palermo. Para llegar, lo más práctico es combinar el subte línea D hasta la estación Scalabrini Ortiz o Plaza Italia y caminar unas pocas cuadras; el área también está bien conectada por colectivos que cruzan la ciudad.
Si te copa la idea de probar cocina tailandesa fuera de Palermo, una alternativa menos conocida es explorar restaurantes de colectividad en barrios como Floresta o Villa del Parque, donde funcionan locales familiares que trabajan recetas transmitidas de generación en generación, con menos prensa y más oficios caseros.
La mejor época para ir es en los meses frescos: entre abril y septiembre el clima ayuda a disfrutar sopas y curries calientes, y el contraste de temperaturas vuelve cada plato una experiencia más intensa. Aun así, la terraza y la carta de cócteles permiten extender la visita durante todo el año.
