Curazao, mucho más que mar: un viaje entre calas, calles históricas y caminos de tierra
La isla del sur del Caribe combina playas en forma de caleta, una capital declarada Patrimonio de la Humanidad y travesías en buggy por senderos agrestes. Una guía con lo que hay que saber para armar la escapada, qué comer y cómo moverse sin gastar de más.
Te imagino llegando a Willemstad con esa luz que pinta los frentes de las casas de todos los colores del Caribe. Curazao no es una isla para quedarse quieto en una reposera: tiene más de 35 playas distribuidas a lo largo de su costa, una capital declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y una red de caminos interiores que invitan a salir del circuito clásico. La movida se reparte, entonces, entre el mar, la ciudad y los paseos por la tierra adentro, y cualquiera de las tres opciones se combina sin grandes esfuerzos.
Willemstad, a pie y en ferri
La capital se recorre bien caminando. Los edificios de arquitectura holandesa conviven con murales contemporáneos, cafés al aire libre y restaurantes donde es fácil dejarse estar un rato largo. Para cruzar de una orilla a la otra, el ferri gratuito que atraviesa la bahía de Santa Ana en pocos minutos es la opción más práctica y barata: pasa cerca del puente Reina Juliana y evita el rodeo en auto por el centro. Del otro lado, el Mercado Flotante es una parada obligada, con frutas y verduras que llegan desde Venezuela en barquitos.
Qué comer y dónde
Si querés probar comida local sin meterte en un restaurante formal, Plasa Bieu reúne puestos que cocinan en el momento, con platos típicos por unos pocos dólares. La cocina de la isla se apoya en pescados, mariscos, carnes de res y cerdo, y aparece el picante en muchas preparaciones: conviene preguntar antes de pedir si no bancás el fuego. Para una alternativa menos conocida, salí del centro y andá a alguno de los pequeños restaurantes de Otrobanda, el barrio que queda del otro lado de la bahía, donde los menus son más cortos pero más caseros.
Playas, snorkel y fauna
Las playas curazoleñas suelen esconderse en calas rodeadas de acantilados de piedra, lo que les da un aire íntimo. Hay sectores públicos y gratuitos, y otros que pertenecen a hoteles y, en algunos casos, dejan pasar a los visitantes. En varias costas se ven peces desde la orilla y se puede practicar snorkel sin alejarse mucho, así que sólo con máscara y snorkel ya hay rato de observación de fauna marina. Llevá escarpines: el ingreso al agua suele ser rocoso.
La excursión en buggy por la costa oeste
Fuera del circuito de arena y agua, la empresa Curacao Tours ofrece una salida de cuatro horas en vehículos UTV (los buggies modernos) por la costa oeste. El precio de referencia ronda los 240 dólares por persona e incluye a un guía que va abriendo camino por rutas y senderos. Podés conducir o ir como acompañante, según te anime el terreno.
El recorrido pasa por la Cueva de las Brujas, donde se ven estalactitas, estalagmitas, murciélagos y unos cangrejos chiquitos que están protegidos y no se pueden pisar: la indicación del guía es no sacarlos ni moverlos de lugar. Después hay una parada en Kleine Knip, una cala donde da tiempo para bañarse, descansar en reposeras bajo sombrillas y comer una barbacoa antes de volver. La combinación de cueva, playa y carne asada justifica las cuatro horas en el vehículo.
Tradiciones que también suman
Más allá del paisaje, en la isla viven expresiones musicales de raíz africana, como el tambú, que mezcla percusión, canto, palmas y baile. Si el viaje coincide con alguna festividad local, vale la pena quedarse a escuchar: es una de las capas culturales que hacen a Curazao distinta a sus vecinas del Caribe.
Para llegar desde la Argentina, Aerolíneas Argentinas anunció el inicio de la ruta a Curazao el 2 de enero de 2027, con cuatro frecuencias semanales, dos de ellas sin escalas. La mejor época para ir es entre febrero y septiembre, cuando baja la chance de lluvias y el mar se ve más claro: el resto del año puede aparecer alguna tormenta pasajera, aunque nunca es óbice para meterse en el agua. Llevá efectivo en dólares, protector solar biodegradable y, sobre todo, tiempo: la isla pide caminarla despacio.
