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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuatro adolescentes bajo la lupa: cuando una foto de Instagram se convierte en una pesadilla fabricada con inteligencia artificial

En un colegio de Lomas de Zamora, compañeras descubrieron que sus rostros habían sido usados para crear imágenes sexuales falsas con IA. La Justicia investiga a cuatro menores por producción y distribución de material de abuso sexual infantil, mientras las víctimas reconstruyen su confianza después de semanas de vergüenza, miedo y silencio.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 5 d
Cuatro adolescentes bajo la lupa: cuando una foto de Instagram se convierte en una pesadilla fabricada con inteligencia artificial

Son las ocho de la mañana de un día cualquiera en Lomas de Zamora y, sin embargo, nada es igual desde que una chica de segundo año se animó a contar lo que le estaba pasando. Lo que empezó como un rumor en los grupos de Whatsapp del colegio se transformó, en cuestión de días, en una causa judicial que tiene a cuatro adolescentes imputados y a varias familias preguntándose cómo es posible que una foto de Instagram, sacada un sábado cualquiera en una plaza o en una previa, termine convertida en material sexual falso generado con inteligencia artificial y compartido sin que nadie pidiera permiso. Lo que ocurrió en ese establecimiento secundario del sur del conurbano bonaerense no fue un experimento aislado ni una travesura propia de la edad: para las chicas afectadas, fue una experiencia que les dejó marcas reales en el cuerpo, en la palabra y en la manera de mirarse al espejo antes de salir a la calle.

Una frase que condensa todo el desconcierto

“Aunque sé que es falso, me dio vergüenza.”Una de las adolescentes víctimas, alumna del colegio de Lomas de Zamora

Esa es la frase que se repitió en los testimonios y que, de algún modo, resume la paradoja central de este tipo de episodios: la falsedad técnica de la imagen no borra el daño emocional que produce en quien aparece en ella. Las víctimas relataron sentimientos de asco, vergüenza y miedo ante la posibilidad de no saber adónde llegó ese material manipulado. Una de ellas contó que tardó varios días en hablar con sus padres porque no quería que la vieran así, pese a saber que las fotos eran falsas. Otra, con la voz todavía temblorosa, expresó una preocupación que recorre a todas: "Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo".

Según reconstruyó la investigación, las fotografías originales se obtenían de perfiles públicos en redes sociales, sobre todo Instagram, y a partir de allí se generaban imágenes de contenido sexual usando herramientas de inteligencia artificial que cualquiera puede conseguir en la web. Las imágenes manipuladas circulaban primero en grupos cerrados de mensajería y, según los indicios que maneja la Justicia, también se filtraron a otras plataformas. El caso tramita como producción y distribución de material de abuso sexual infantil (MASI), una figura legal que en la Argentina equipara este tipo de contenido con el abuso sexual infantil clásico, más allá de que la imagen haya sido creada de manera artificial, porque lo que se protege es a la persona cuya identidad fue usada sin consentimiento.

Respuesta institucional, protesta y memoria colectiva

Cuando las chicas afectadas fueron a hablar con las autoridades del colegio sintieron, según relataron, que la respuesta fue tardía e insuficiente. Recién más adelante se organizaron jornadas de diálogo y los menores investigados pasaron a la modalidad virtual, una medida que las familias consideran un paso pero que no termina de devolverles la tranquilidad. Mientras tanto, la Justicia ordenó el cese de hostigamiento y solicitó medidas para evitar el contacto entre las partes, en un intento de reconstruir un mínimo de seguridad emocional dentro del aula.

La situación escaló hasta derivar en una protesta organizada por las propias alumnas, que convocó a estudiantes de distintos cursos y a varias familias frente al establecimiento. Los videos de la manifestación se viralizaron en redes y, como suele pasar en estos casos, abrieron la puerta a decenas de testimonios de jóvenes de otros colegios que confesaron haber vivido situaciones parecidas. Para padres, docentes y equipos de orientación, el caso deja preguntas concretas que ya no pueden quedar en el aire.

  • Revisar y restringir el acceso público a las fotos personales en redes sociales, sobre todo las que muestran rostros claros de menores, porque son la materia prima con la que se fabrican las imágenes falsas.
  • Establecer un canal de denuncia claro dentro del colegio, con tiempos de respuesta concretos, para que una chica no tenga que pasar días cargando sola con la vergüenza antes de ser escuchada.
  • Acompañar a las víctimas con equipos de orientación escolar y profesionales de salud mental, entendiendo que el daño es real aunque la imagen sea técnicamente falsa.
  • Aclarar a las familias que este tipo de hechos se encuadra en la figura de material de abuso sexual infantil, por lo que corresponde hacer la denuncia penal sin minimizar lo ocurrido como una broma o una travesura digital.

Vuelvo a la entrada de aquella mañana, cuando una chica de segundo año decidió hablar. Me quedo pensando en que, si esa adolescente hubiera guardado silencio un poco más, tal vez hoy estaríamos hablando de un caso más en la lista de cosas que pasan en los celulares y que nadie quiere mirar de frente. Lo que hicieron las familias, lo que hizo la Justicia al allanar y lo que están empezando a hacer las propias chicas al contar su historia es, en el fondo, un recordatorio incómodo pero necesario: en la era de la inteligencia artificial, el daño más profundo sigue siendo el que se le inflige a una persona que un día abrió una puerta y, sin querer, le dejó entrar a cualquiera.

TG

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