Cuando una llaga en la boca deja de ser un trámite y empieza a ser una señal para consultar al profesional
Las aftas son lesiones frecuentes y, en general, se resuelven solas en pocos días. Sin embargo, hay cuatro indicios claros que marcan la diferencia entre esperar y pedir turno con el odontólogo o el médico clínico.
La mañana llega templada en el barrio de Belgrano, con un sol de invierno que entra por la ventana de la cocina y se queda sobre la mesa. María José, que tiene cincuenta y dos años y vive a pocas cuadras de la avenida Cabildo, se mira al espejo antes de salir y vuelve a notar esa molestia en la cara interna del labio: una pequeña herida blanquecina, rodeada de un halo rojizo, que le impide tomar el café sin hacer una mueca de dolor. «Ya van tres veces este año», me dice mientras se señala la boca con fastidio, y esa repetición es exactamente el dato que las guías médicas toman como una de las razones para no dejar pasar más tiempo sin pedir un turno profesional.
Porque las aftas, conocidas también como llagas bucales, son heridas dolorosas que aparecen dentro de la boca —en la cara interna de los labios, las mejillas o la lengua— y se resuelven por sí solas, en la mayoría de los casos, en el transcurso de una o dos semanas. No tienen origen infeccioso y no se contagian. Se estima que afectan, en algún momento de la vida, a cerca de una cuarta parte de la población, lo que las convierte en una experiencia tan común como molesta.
Qué las provoca y por qué no siempre conviene dejarlas correr
Entre los desencadenantes más frecuentes, la Clínica Mayo menciona las mordeduras accidentales al masticar, un cepillado demasiado enérgico, el roce de aparatos de ortodoncia o de prótesis mal ajustadas, y los bordes filosos de alguna pieza dental. Los alimentos ácidos, picantes o salados pueden irritar la zona y prolongar la molestia. Identificar y corregir ese factor —por ejemplo, ajustar un aparato o suavizar el cepillado— reduce las posibilidades de que la lesión vuelva a aparecer, y ese primer paso suele estar al alcance de cualquier paciente sin necesidad de estudios complejos.
- Dura más de dos semanas sin cicatrizar.
- Vuelve a aparecer con frecuencia, varias veces al año.
- Es inusualmente grande o profunda.
- Aparece una nueva llaga antes de que termine de curarse la anterior.
- Provoca un dolor que no se controla con medidas habituales, impide comer o beber, o se acompaña de fiebre.
Lo que el profesional evalúa antes de cerrar el diagnóstico
Cuando las aftas se repiten con regularidad, los especialistas suelen considerar la posibilidad de que existan niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12, como señala la Clínica Mayo. Esa asociación no implica que cualquier persona con llagas frecuentes tenga un déficit ni que deba tomar suplementos sin indicación médica: el profesional decidirá, según la historia clínica y los síntomas, si corresponde pedir un análisis de sangre. Una revisión publicada en el repositorio científico PMC advierte, además, que antes de atribuir las lesiones a aftas recurrentes es necesario descartar otras causas posibles, por lo que la evaluación suele incluir también los síntomas que aparecen fuera de la boca.
Para los casos leves, el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos indica que el tratamiento se orienta a aliviar el dolor y favorecer la cicatrización, sin garantizar que las lesiones no vuelvan. Los geles de venta libre y los enjuagues antisépticos suelen ser suficientes para controlar las molestias, siempre que la llaga siga el curso esperado y desaparezca en el plazo habitual. Una llaga ocasional, en definitiva, no es motivo de alarma; sí lo es, en cambio, ignorar cualquiera de los indicios que enumeran las guías y que, bien leídos, pueden evitar que un cuadro menor termine complicándose sin necesidad.
María José termina su café con cuidado, le agrega un poco más de azúcar para pasar por alto el ardor, y anota en la agenda el turno con la odontóloga que viene postergando desde hace un mes. Afuera, el sol de Belgrano sigue tibio y el aire mueve apenas las hojas de los jacarandás de la vereda, como si la mañana le recordara, con esa calma que solo tienen los días tranquilos de julio, que hay ciertos síntomas que conviene no dejar para después.
