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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el chat enciende la alarma: por qué leemos de más y cómo cortar la cadena de sospechas

Dos psicólogas consultadas por este portal describen el mecanismo que lleva de un mensaje escueto a una discusión por algo que quizá nunca ocurrió. La clave está en separar los hechos de la interpretación, reconocer la emoción propia y animarse a preguntar antes de inventar una respuesta.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 29 d
Cuando el chat enciende la alarma: por qué leemos de más y cómo cortar la cadena de sospechas

Hay una pantalla encendida a las once de la noche y un mensaje que llega con pocas palabras. Del otro lado, una pareja que quizá está agotada, o apurada, o simplemente distraída. Del lado de acá, un cerebro que empieza a completar lo que no sabe, y que en pocos minutos puede convertir una respuesta breve en una evidencia de desinterés. La escena se repite más de lo que se reconoce, y dos especialistas en psicología explican por qué ese circuito se vuelve tan frecuente y, sobre todo, cómo se interrumpe antes de que haga daño.

Lo que pasó y lo que supusimos

La neuropsicóloga Karina Carreño, que atiende en el barrio de Belgrano, propone empezar por una distinción elemental, casi escolar, pero que se olvida en el momento justo: una cosa es lo que efectivamente ocurrió y otra muy distinta es el significado que le adjudicamos. Que la pareja haya respondido con un monosílabo es un dato cierto; que esté enojada, en cambio, es una conjetura. Esa diferencia, que parece obvia cuando se la enuncia, suele borrarse cuando aparece la ansiedad. Ahí aparece el primer paso: regular esa activación antes de escribir nada que después haya que lamentar.

“Cuando el cerebro no tiene información sobre lo que siente o piensa el otro, intenta anticiparlo y recurre a experiencias anteriores, a miedos, a inseguridades. Así, una demora queda asociada con una pérdida de interés, aunque no haya nada que sostenga esa conclusión.”Karina Carreño, neuropsicóloga (Belgrano)

En el mismo sentido se expresa la psicóloga Marina Mammoliti, que trabaja en consultations del barrio de Caballito. Para ella, antes de lanzarse a descifrar al otro conviene detenerse en uno mismo y preguntar qué emoción está despertando ese cruce de mensajes. Asustarse, enojarse o sentirse rechazado es información válida; usarla como punto de partida para hablar en lugar de usarla como prueba de un diagnóstico sobre la pareja cambia por completo el tono de la conversación. Mammoliti lo describe como un cambio de foco: en vez de gastar energía en adivinar, dedicar un instante a reconocer qué nos está pasando frente al silencio o la respuesta corta.

Por qué cuesta tanto y qué lo alimenta

Las dos especialistas coinciden en un punto que recorre toda la explicación: lo que se pone en juego no es solo el mensaje puntual, sino la historia previa de cada uno. Mammoliti advierte que las experiencias dolorosas, el miedo al abandono, la baja autoestima o haber atravesado una infidelidad funcionan como combustible para la sobreinterpretación. Lo que en una pareja estable sería leído como una necesidad de estar a solas, en alguien con esos antecedentes puede leerse como indiferencia o rechazo. La sospecha, además, tiene la costumbre de pedir más sospecha: la mente busca confirmaciones y termina exigiendo respuestas o gestos que funcionen como garantía, lo que suele alejar más al otro y confirma, ahora sí, el circuito de la desconfianza.

Carreño describe el punto al que llega ese circuito cuando nadie lo frena: discusiones por situaciones que nunca pasaron, pedidos reiterados de seguridad, un clima de vigilancia permanente sobre el celular del otro. El desgaste, dice, aparece cuando las conjeturas empiezan a dirigir las respuestas y la confianza se va erosionando de a poco. La herramienta que ambas proponen es volver a lo concreto y abrir el diálogo antes de que el relato interno se imponga sobre lo real. Dicho de otro modo: preguntar reemplaza a presumir, y preguntar a tiempo suele evitar la pelea que se avecina.

Vuelvo a la pantalla encendida de las once de la noche. El mensaje sigue ahí, breve, sin una explicación que calme la ansiedad. La diferencia entre una noche tranquila y una discusión larga quizá esté en esos minutos previos, los que dedicamos a decidir si vamos a completar el vacío con lo que tememos o a escribir, con la mayor simpleza posible, qué nos llamó la atención y por qué. Como me lo resumió Karina mientras terminábamos la charla: a veces alcanza con preguntar lo que nos pasa para que el otro pueda contar lo que le pasa. La sobreinterpretación, en cambio, nos deja hablando solos de algo que nunca ocurrió.

TG

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