Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Cuándo alcanza con un vaso de agua y por qué la diarrea cambia la receta de la hidratación

La OMS y Unicef recomiendan sales de rehidratación oral para reponer lo que se pierde en cuadros diarreicos; en el día a día, una alimentación variada y atender la sed suelen ser suficientes, incluso frente al ejercicio.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 22 d
Cuándo alcanza con un vaso de agua y por qué la diarrea cambia la receta de la hidratación

La escena es casi doméstica y, sin embargo, repite una duda que muchos arrastramos desde chicos: alcanza con tomar agua o hace falta algo más para reponer lo que el cuerpo pierde. La pregunta, que parece simple, abre una de las discusiones más persistentes de la medicina preventiva y aparece cada vez que un verano se instala con sus golpes de calor o que una gastroenteritis deja a alguien sentado junto al inodoro durante horas. La respuesta, como suele ocurrir, depende del contexto: de cuánto líquido se pierde, de cómo se pierde y de por qué se pierde.

Diarrea: la rehidratación tiene reglas propias

Ante un cuadro de diarrea, una bebida deportiva no equivale a una solución de rehidratación oral, y la confusión puede tener consecuencias serias. La Organización Mundial de la Salud y Unicef recomiendan sales con proporciones definidas de glucosa y electrolitos para prevenir o tratar la deshidratación vinculada con ese cuadro, y remarcan que su función es distinta de la que cumplen las bebidas destinadas a acompañar el esfuerzo físico. La glucosa, explican los especialistas, ayuda al intestino a absorber sodio y agua, y esa combinación explica por qué la fórmula de las sales —que también incluye cloruro, potasio y citrato— resulta clave cuando el cuerpo pierde líquidos a un ritmo que el agua sola no alcanza a compensar.

Los manuales clínicos son claros en un punto: si hay confusión, desmayos, vómitos persistentes, imposibilidad de beber o signos de deshidratación grave, hace falta atención médica inmediata. Elegir una bebida por cuenta propia, sin consultar, no reemplaza esa evaluación. En los centros de salud de barrios como La Boca o Villa Lugano, donde los cuadros diarreicos suelen golpear con más fuerza durante el verano, el mensaje que se repite es siempre el mismo: primero la consulta, después la reposición.

El día a día: lo que comemos también hidrata

En la rutina de la mayoría de las personas, la hidratación se construye con dos pilares que a menudo se dan por sentados: el agua y las comidas. Las frutas, las verduras y las legumbres aportan potasio; los lácteos, las semillas, los frutos secos y algunos vegetales suman calcio o magnesio; y el sodio y el cloruro llegan, casi sin que lo pensemos, a través de la sal y los alimentos preparados. Estos minerales, conocidos como electrolitos, intervienen en la distribución del agua en el organismo y en el funcionamiento de nervios y músculos, y su presencia estable depende más de la dieta que de cualquier suplemento.

La evidencia disponible coincide en un punto que suele sorprender: sin pérdidas importantes de líquidos, no hay beneficios demostrados de incorporar electrolitos de manera rutinaria mediante comprimidos, polvos o ampollas. Para la hidratación habitual, suelen bastar el agua, las comidas regulares y la atención a la sed como señal básica del cuerpo. Esa es, también, la postura que transmiten los nutricionistas cuando alguien llega a la consulta con una bolsa del supermercado llena de productos que prometen reponer lo que, en condiciones normales, el organismo ya gestiona solo.

Ejercicio prolongado: cuándo una bebida con electrolitos puede tener sentido

La actividad física introduce variables que obligan a mirar el reloj y el termómetro con más atención: cuánto dura la sesión, con qué intensidad se realiza, la temperatura ambiente y la cantidad de sudor que efectivamente se pierde. El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte señala que las bebidas con carbohidratos y electrolitos pueden ofrecer ventajas durante esfuerzos prolongados, mientras que para ejercicios de menos de una hora la evidencia de diferencias fisiológicas o de rendimiento frente al agua es escasa. Cuando el esfuerzo supera los sesenta minutos, sobre todo con calor o humedad elevados, las necesidades de reposición pueden aumentar, y allí la conversación deja de ser abstracta.

  • Diarrea o vómitos: priorizar sales de rehidratación oral con la composición recomendada por la OMS y Unicef, y consultar al médico ante signos de gravedad.
  • Actividad física de menos de una hora: el agua suele ser suficiente para una persona sana.
  • Ejercicio prolongado, calor o sudoración abundante: evaluar bebidas con carbohidratos y electrolitos, ajustando la cantidad a la pérdida real.
  • Rutina cotidiana: una alimentación variada —frutas, verduras, legumbres, lácteos— cubre potasio, calcio y magnesio, y la sal habitual aporta sodio y cloruro.
  • Suplementos sin indicación: no aportan beneficios demostrados y pueden alterar el equilibrio cuando se usan sin necesidad.

Cierro donde empecé, junto a la mesa de siempre, con el sol de las siete entrando por la ventana y un vaso de agua que, en la mayoría de los días, alcanza y sobra. La hidratación, como tantas otras cosas de la salud, no se resuelve con un producto mágico ni con una regla igual para todos: se resuelve entendiendo qué está perdiendo el cuerpo, en qué cantidad y por qué. Mientras la rutina siga siendo rutina, el agua y la comida harán el trabajo. Cuando el cuerpo enfrenta una diarrea o un esfuerzo fuera de lo habitual, ahí sí cambia la receta, y conviene saber cuál es.

TG

Te puede interesar