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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Al Di Meola volvió a hacer sonar el Mediterráneo en La Trastienda, a fuerza de dedos y de historia

A los 72 años, después del infarto que lo frenó en 2023, el guitarrista estadounidense repasó cinco décadas de carrera en un show acústico de más de dos horas, con flamenco, jazz, tango y dos músicos españoles como socios de viaje.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 31 d
Al Di Meola volvió a hacer sonar el Mediterráneo en La Trastienda, a fuerza de dedos y de historia

Lo primero que se escucha cuando uno entra a La Trastienda en una noche así no es la música sino ese murmullo espeso de las butacas llenas, esa electricidad baja que precede a un regreso. Y anoche, en esa pequeña caja de madera que tantas veces ofició de templo del rock argentino, el murmullo tenía nombre y apellido: Al Di Meola. El guitarrista estadounidense volvió a pisar Buenos Aires después de que un infarto, sufrido en Bucarest en 2023, le cortara la gira cuando todavía tenía por delante las fechas en la región. Volvió, y se lo dijo al público en su propio idioma recuperado: "Gracias a Dios estoy de regreso con ustedes, volví a nacer", tiró en español, con esa mezcla de gratitud y asombro que solo aparece cuando uno mira hacia atrás y todavía está a tiempo de tocar hacia adelante.

Un formato acústico y dos socios españoles

Di Meola subió al escenario acompañado por dos músicos que le cambiaron la paleta al concierto: el guitarrista Isaac Romagosa y el percusionista Sergio Martínez, dueños ambos de un pedigree flamenco que se notó en cada compás. El cajón de Martínez fue el ancla rítmica de la noche, un latido grave y terco sobre el que la guitarra líder pudo permitirse esos vuelos que son marca registrada del neoyorquino desde los tiempos de Return to Forever, el grupo que compartió con Chick Corea en los setenta y que hace rato forma parte del manual obligatorio del jazz de fusión.

Cinco décadas repasadas en dos horas y diez minutos

El repertorio funcionó como una línea de tiempo desordenada a propósito, como una conversación entre décadas. Pasaron fandangos y soleás que olían a Andalucía, fragmentos de jazz de fusión, evocaciones mediterráneas y tramos donde la improvisación colectiva estiró los temas más allá de su forma de estudio, a veces con resultados desparejos pero siempre con la convicción de que la música se construye en vivo o no se construye. Di Meola tocó temas propios como "Misterio", "Infinite Desire" y "Eden", y se permitió esas licencias que sólo se da un sobreviviente: una versión de "In My Life" de The Beatles, un pasaje por "Café 1930" de Astor Piazzolla y hasta un cover de "The Sound of Silence" de Simon y Garfunkel que, en ese contexto acústico y a esa altura de la noche, sonó menos a himno generacional y más a confesión íntima.

  • "Mediterranean Sundance", la pieza asociada a Paco de Lucía, como cierre con palmas del público.
  • "Ava's Dance in the Moonlight", dedicada a su hija.
  • Temas propios como "Misterio", "Infinite Desire" y "Eden".
  • Versiones de The Beatles ("In My Life"), Piazzolla ("Café 1930") y Simon y Garfunkel ("The Sound of Silence").

En un tramo del show las cosas se complicaron: Di Meola llamó a su ingeniero de sonido al escenario para ajustar el audio, y algunas improvisaciones se estiraron hasta cierto punto en que la tensión se aflojó. Son las asperezas esperables de un formato acústico y de un artista que todavía está rearmando su rutina de escenario después de un evento cardíaco serio. Pero ninguna de esas fallas menores empañó el cuadro de fondo: en un mismo lugar y en una misma noche convivieron el jazz, el flamenco y la música latinoamericana, sin que ninguna de las tres tradiciones pidiera permiso para estar ahí.

Una pregunta que me queda dando vueltas

Cuando terminó el concierto y la gente se fue despacio, como quien no quiere soltar del todo lo que acaba de escuchar, me quedé pensando en algo que un colega me preguntó después: qué repertorio o qué colaboración previa de Di Meola me gustaría que revisitara en una próxima visita. Y la verdad, si me dejan opinar, me inclino por ese cruce con el tango que él ya tiene probado con Piazzolla, pero más arriesgado, más de calle, con un bandoneón de verdad al lado del cajón flamenco. Pero también me seduce la idea de escucharlo volver a los climas de Elegant Gypsy, el disco que a fines de los setenta le cambió la vida a más de uno. Mientras tanto, anoche La Trastienda fue eso: un pequeño Mediterráneo portátil en medio de Buenos Aires, con un guitarrista de 72 años que, contra todo pronóstico médico, volvió a hacer sonar los dedos como si todavía tuviera algo enorme para decir.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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