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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Ad Astra: el viaje más difícil de Brad Pitt no es al espacio, sino hacia su propio padre

La película de James Gray lleva a Roy McBride a recorrer la Luna, Marte y los confines del sistema solar, pero el verdadero hallazgo está en su vínculo con el progenitor desaparecido. Un drama psicológico con ciencia ficción de fondo, fotografía de Hoyte van Hoytema y un Pitt contenido que dice todo sin levantar la voz.

Por Sofía AgüeroCultura y espectáculos · · hace 11 d
Ad Astra: el viaje más difícil de Brad Pitt no es al espacio, sino hacia su propio padre

A veces pienso que las mejores películas de ciencia ficción no son las que nos muestran galaxias lejanas y batallas cósmicas, sino las que aprovechan la inmensidad del universo para hablar de cosas mucho más chicas y, justamente por eso, mucho más grandes. Ad Astra (2019), dirigida por James Gray, es una de esas películas: tiene la Luna, tiene Marte, tiene los confines del sistema solar, sí, pero el viaje que realmente importa es otro, uno que ocurre en la cabeza y en el corazón de su protagonista. Y cuando uno se sienta a verla con mate en mano y el living en silencio, entiende que el espacio exterior es apenas la excusa.

El responsable de embarcarnos en ese recorrido es Roy McBride, un astronauta interpretado por Brad Pitt con esa clase de sobriedad que parece sencilla pero esconde muchísimo trabajo. Roy es un tipo que se entrenó toda la vida para no perder el control: su pulso se mantiene en niveles bajísimos incluso cuando una tormenta de radiación lo está sacudiendo, y eso, lejos de ser un truco cool, es la forma que tiene el personaje de demostrar que aprendió a funcionar como una máquina. Pero por debajo de esa coraza late algo que no puede ordenar: la ausencia de su padre, un astronauta legendario que desapareció hace décadas durante una expedición en busca de vida inteligente.

Un padre desaparecido y un hijo que no puede dejar de mirarlo

Cuando una nueva misión lo pone sobre la pista de ese padre perdido, Roy acepta sin dudarlo, aunque el costo sea viajar más lejos de lo que cualquier ser humano fue jamás. Lo que la película hace con ese planteo es notable: no convierte la búsqueda en una aventura de acción pura, sino en una excusa para revisitar recuerdos, para interrogar esa imagen idealizada que un hijo construye de un padre que admira y que, por eso mismo, nunca termina de conocer. Las expectativas familiares, la herencia emocional, la pregunta de fondo de todo hijo que alguna vez quiso parecerse al viejo y no supo bien para qué, todo eso aparece flotando en el vacío espacial como si fuera oxígeno.

Gray ya había demostrado en títulos como El sueño de Ellis (2015) o La otra cara del crimen que le interesan más los personajes que los escenarios, y en Ad Astra esa vocación se nota en cada decisión. Las persecuciones, los riesgos y los momentos de suspenso están ahí, pero integrados con cuidado en una narración de ritmo pausado, casi contemplativo, que prefiere el silencio de Roy a cualquier explosión. La acción no es el motor de la película: es el ruido de fondo de una historia íntima.

  • El viaje a la Luna, con su atmósfera de ciencia ficción retro, funciona como una postal del costado más frío de la aventura espacial.
  • Marte aparece como escala intermedia, donde la misión empieza a mostrar sus verdaderas costaduras políticas y humanas.
  • Los confines del sistema solar son el territorio de la introspección, donde el aislamiento se vuelve casi insoportable.
  • El regreso, o la promesa de regreso, es el único lugar donde padre e hijo pueden cruzarse de verdad.

Gran parte de la potencia visual se la debemos al director de fotografía Hoyte van Hoytema, que ya había trabajado con Pitt en interestelar y que acá vuelve a sacarle jugo a la escala del cosmos. Sus planos del espacio profundo, con esa soledad enorme, funcionan como una extensión del estado emocional de Roy: todo es inmenso, todo es frío, todo es bellísimo y todo, de alguna manera, está en contra suya. La ambientación no decora la película: la acompaña, la sostiene y le da al recorrido una dimensión que excede cualquier mapa del sistema solar.

Un Pitt contenido y un final que deja pensando

Brad Pitt construye a Roy desde la mesura, sin grandes golpes de acting, con una presencia que dice todo sin levantar la voz. Y eso, para mí, es lo más valioso de la película: la convicción de que un astronauta que viajó hasta el borde del universo puede tener su momento más dramático sentado frente a una ventana, mirando un planeta que se aleja. Cuando uno termina de verla, lo que queda dando vueltas no es la espectacularidad de los paisajes, sino una sensación bastante incómoda y muy humana: la de entender que a veces las distancias más difíciles no se miden en kilómetros, sino en años sin decirse las cosas que importan. Si tengo que ser honesta, Ad Astra me parece una de las películas espaciales más honestas que se hayan filmado, y por eso la sigo recomendando cada vez que alguien me pregunta qué ver cuando quiere pensar el universo en vez de escapar de él.

SA
Sofía AgüeroCultura y espectáculos

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