Roblox cumple veinte anios y vuelve a poner a las familias frente a la pantalla: que saber antes de decir que no
La plataforma dejo de ser un juego para transformarse en un mundo social con moneda propia, seguidores y economia interna. La periodista Julieta Schulkin advierte que prohibir sin entender solo empuja a los chicos hacia otros rincones de internet.
El sol de la tarde entra por la ventana del departamento de Palermo y Julieta Schulkin, periodista y divulgadora, abre la notebook para mostrarme lo que viene investigando desde hace meses. En la pantalla aparece Roblox, la plataforma que este anio cumplio dos decadas y que, lejos de haber pasado de moda, se instalo en la rutina diaria de millones de chicos argentinos. No es un juego, me dice mientras hace clic sobre un mapa lleno de mundos de colores. Es un lugar donde los pibes van a encontrarse.
La distincion parece menor, pero cambia todo. Roblox aloja mas de seis millones de experiencias creadas por usuarios y empresas, desde aventuras de obby hasta simulaciones de roleplay en una escuela secundaria japonesa. Los chicos no llegan solamente a jugar, sino a pasar el rato, a chatear con amigos del colegio o del club y, en muchos casos, a reemplazar la plaza o el ciber del barrio. Esa mudanza del patio al mundo virtual es la pista que Schulkin, vecina de Colegiales, viene siguiendo desde hace tiempo.
Una economia que reproduce la calle
Dentro de la plataforma existe una moneda propia llamada Robux, que se compra con dinero real y sirve para acceder a ropa para el avatar, mascotas virtuales y servidores privados. En teoria se puede jugar sin gastar un peso; en la practica, quienes invierten plata o acumulan horas y recompensas acceden a objetos, skins y espacios que los demas no tienen. Schulkin lo describe sin rodeos como una estructura de clases sociales calcada del mundo fisico. Igual que en la vida real, adentro del juego se nota quien pago y quien no.
“Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensacion era que estabamos prohibiendo algo que no entendiamos bien. Si un chico no puede usar Roblox, lo mas probable es que migre a otra plataforma de disenio similar.”Julieta Schulkin, periodista y divulgadora
La advertencia no es menor. Schulkin, que acaba de publicar una investigacion extensa sobre el tema, sostiene que las familias tomaron decisiones a favor o en contra sin conocer realmente como funciona el ecosistema. Prohibir sin conversar, asegura, suele terminar empujando a los chicos hacia espacios todavia menos controlados. Lo que propone, en cambio, es entender antes de decidir.
Lo que los padres suelen pasar por alto
Sobre este ultimo punto, Schulkin no propone el rechazo automatico sino la configuracion activa. Para ella, antes de decir que no conviene sentarse juntos frente a la pantalla, revisar quien puede chatear con el menor, ajustar los controles de privacidad y habilitar las restricciones de contacto. Una buena configuracion, resume, puede marcar la diferencia entre una experiencia compartida y un problema serio.
Afuera, el viento de Buenos Aires empieza a refrescar la manzana de Palermo. Schulkin cierra la notebook y vuelve a la escena de siempre: la de padres y madres que llegan con miedo a una pantalla que no entienden. La invitacion, me dice mientras guarda el cargador, es a dejar de lado el reflejo de prohibir y animarse a entrar, aunque sea unos minutos, al mundo donde sus hijos pasan las tardes. Entender, insiste, es la primera forma de acompaniar.
