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Miércoles, 21 de octubre de 2026
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La fila daba vuelta la manzana y adentro Emmanuel Carrère hablaba como si estuviese en su casa

El escritor francés volvió a Buenos Aires para presentar Koljós, su libro más reciente, y colmó el auditorio de la Facultad de Derecho con casi mil personas que fueron a escucharlo en el marco del FILBA.

Por Teresa GordilloSociedad · · hace 2 h
La fila daba vuelta la manzana y adentro Emmanuel Carrère hablaba como si estuviese en su casa

Eran las seis de la tarde del viernes y la calle tenía esa luz baja de octubre en Buenos Aires, esa clase de luz que parece regalada, y sin embargo la gente ni la miraba, porque la gente estaba haciendo cola. La cola daba vuelta la manzana, se estiraba serena, sin disgracia, y adentro, en el auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, casi mil personas ya ocupaban cada butaca y cada espacio vacío buscando a Emmanuel Carrère, que es parisino, que tiene sesenta y ocho años, y que acaba de publicar Koljós, su libro más reciente, editado en castellano por Anagrama y presentado en el país en el marco del Festival Internacional de Literatura, el FILBA, que lleva años convocando a lectores que pocas veces se ven las caras en una misma sala.

Yo estaba ahí, mezclada entre el público, y lo primero que me llamó la atención fue que la ovación, cuando el autor subió al escenario, se pareció bastante a la de un recital. No al aplauso tibio que uno acostumbra escuchar en una charla de letras, sino a ese rumor hondo, prolongado, con algún silbido cómplice, que uno asocia más bien con un músico que llega tarde y se hace esperar. Carrère subió con una camisa a cuadros arremangada, una remera negra y zapatillas, como si se hubiera cruzado desde la calle sin pedirle permiso a nadie, y se sentó frente a Leila Guerriero, la periodista de Haedo que es referente del periodismo narrativo latinoamericano y que ofició de entrevistadora pública esa noche.

Dos obsesiones que vuelven

Guerriero lo interrogó durante más de una hora y Carrère habló de sus métodos y de sus obsesiones, que son básicamente dos y vuelven en casi todos sus libros: la frontera entre ficción y no ficción, y la decisión de ir a buscar lo que uno prefiere no mirar. De El adversario, el libro en el que narró el caso de Jean-Claude Romand, aquel hombre francés que durante años sostuvo una mentira perfecta y terminó asesinando a su mujer, a sus hijos y a sus padres cuando la verdad amenazó con descubrirlo, Carrère contó que durante dos años abandonó el proyecto porque no se animaba, y que al final entendió algo que repitió despacio, mirándola a Guerriero, como si la frase todavía le pesara.

“Una historia así de monstruosa en un punto tiene que ver con casi todos nosotros.”Emmanuel Carrère

Después agregó otra idea que suele repetir en sus talleres y que esa noche resonó especialmente en la Facultad de Derecho, donde se escuchaba hasta el crujido de las carpetas en las bandejas del fondo. Dijo que en la escritura, y también en la vida, siempre hay que ir adonde uno no quiere ir, aunque sea incómodo, aunque duela, aunque uno prefiera mirar para otro lado. La sala acompañó la idea con un murmullo de aprobación, como reconociéndose.

De las primeras ficciones a Koljós

Esa mañana del mismo viernes, antes de la multitud de la noche, yo me había llegado hasta el bar de la librería Eterna Cadencia, en el barrio de Palermo, donde Carrère había atendido a la prensa con frases breves y un semblante afable, como de abuelo cansado pero contento. Sobre la inteligencia artificial y el futuro de la escritura, el autor contestó con una ironía seca, de esas que en francés funcionan mejor y que acá también funcionaron.

“Tengo la suerte de ser demasiado viejo para que sea su problema.”Emmanuel Carrère

Salí de Eterna Cadencia con la sensación de que la frase era también una manera de cuidar a los que vienen, que son los que van a tener que decidir qué hacen con eso. Y cuando a la noche salí de la Facultad de Derecho y la fila todavía seguía ahí, paciente, vuelta la manzana otra vez, con esa luz baja de octubre que ya se había vuelto azul, entendí por qué el FILBA sigue convocando a esta clase de lectores: gente que es capaz de reorganizar la agenda y de quedarse dos horas de pie para escuchar a un señor de remera negra contar, en una mezcla de francés y castellano, que la vida es esto, ir adonde uno no quiere ir.

TG

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